29 de Julio de 1750, 10.15 a.m.
Wilhelm Friedemann Bach, uno de los numerosos hijos del gran compositor y músico del Barroco Bach, se disponía a recoger las últimas partituras que su padre había dejado para siempre sobre la mesa de su habitación. Ayer fue su entierro. Observaba lentamente, con su triste mirada, todo su alrededor. Una preciosa y enorme cama de forja con unas sábanas blancas revueltas por los últimos momentos de vida de su padre, la mesita de noche pasaba de ser un simple mueble mas de la habitación para convertirse en un caótico armario para medicinas. Repleto de botes con pastillas y agujas gastadas por su uso. En la otra, un pequeño blog de notas del cual habían salido grandes y famosas composiciones pasadas. Al fondo, la pequeña luz que entraba por la ventana del vestidor iluminaba ese maravilloso piano con las partituras del último concierto que ofreció. El ambiente parecía cargado. Estaba cerrado desde hace dos días. Aprovechó para abrir las ventanas y dejar que se marchara ese olor a tristeza y enfermedad. Se dispuso a meter todas las partituras en una carpeta de cuero con sus iniciales grabadas en uno de los lados. No pretendía robar las obras de su padre sino quitarlas de la vista de gente inoportuna que podría entrar allí en cualquier momento. Tomó también su blog de notas y lo puso en el bolsillo derecho de su chaqueta y termino de buscar todos y cada uno de los apuntes que podría tener por cajones, armarios e incluso hasta debajo del colchón. Se santiguó mientras salía por la puerta pero recordó algo que le enseño a los 15 años.
- Hijo, nunca es pronto para temer a la muerte y nunca es tarde para que llame a tu puerta. - Afirmó rotundamente al terminar de explicar la lección diaria. - El día que lo haga conmigo, quiero que cojas esto. - Se levantó, entró al vestidor y en unos segundos salió con una pequeña caja de madera en sus manos.
- ¿Qué es eso papá? - Pregunté impresionado. Parecía estar hecha de madera de pino, por el color. Era preciosa, el barniz le daba un brillo espectacular. - ¿Es tu caja de secretos?
- No hijo mío, mi secretos los guardo siempre conmigo. - Respondió mientras se tocaba repetidamente con el dedo índice la cabeza. - Esta caja guarda más de lo que una persona racional pueda pensar. A simple vista puede parecer que no tenga nada. - Comentaba mientras lo habría con las dos manos y con sumamente cuidado. - Pero esta caja guarda verdades y mentiras, alegría y dolor, guarda historias de mi pasado y quién sabe si de mi futuro. Lo que quiero que hagas es que la busques el día que muera. Siempre estará por aquí por esta habitación. - Explicaba mientras recorría con la vista las cuatro paredes. - Estará en cualquier rincón. Tu trabajo será guardarla. El tiempo te dirá que tendrás que hacer con ella. Se la regaló un desconocido a mi padre un día y, no puedo decir que desde entonces empecé a destacar en la música, pero creo que es como un amuleto. Algo parecido quizá.
- Papá, me has asustado. Todo tan místico y misterioso. No sé... - Dije a mi padre casi susurrándole.
- No te preocupes. Puedes estar seguro que si fuera algo peligroso, no te lo daría.
Así que volvió a entrar en la habitación y se dispuso a buscar por toda ella. Pensó que estaría en el vestidor como la primera y la última vez que vio esa caja. Miró bajo toda la ropa, en los cajones, en todas las estanterías y nada. Miró por todos los rincones de la habitación, bajo la cama, escondido bajo la mesa, en la sillas. No quedaba sitio, salvo en el piano, y así fue. Dentro del piano se encontraba apacible y solitaria, como esperando a ser encontrada en el juego del esconder de los niños pequeños. La abrió y estaba vacía. La puso bajo su chaqueta y sujetándola firmemente, salió por la puerta sin mirar, ni siquiera, por última vez aquella la que sería una famosa habitación en los próximos días.
las cajas dan mucho juego! :)
ResponderEliminar