lunes, 19 de marzo de 2012

El gran Teatro Central

     Hacía una temperatura agradable esa tarde a pesar de estar aún en la estación de invierno. Un cielo cubierto parcialmente por unas nubes en tonos grisáceos no permitía ver más que un puñado de estrellas contaminadas por el humo oscuro que salía de las chimeneas de varias casas de las calles próximas. Las farolas de la gran plaza de la ciudad daban aún más cobijo a las personas que se agolpaban impacientes ante las puertas del Teatro Central, a la espera de poder entrar para ver el espectáculo de uno de los directores de teatro más conocidos del país.

     Varias mujeres que podrían rondar los cincuenta años chismorreaban de otro grupo de mujeres cercanas, en ocasiones con un tono de voz demasiado alto como para poder escuchar lo que decían. Una madre ordenando constantemente a sus hijos a guardar la compostura en la fila mientras su marido, con bigote canoso y una vestimenta bastante cara para la ocasión, fumaba un gran puro cubano impasible a la actitud de sus hijos. Casi al final de la fila y recién llegados un grupo de unos diez jóvenes, a juzgar por su forma de hablar, del barrio de San Cristobal Apostol. Hablaban y reían de manera un tanto exagerada haciendo que muchas de las personas presentes miraran con ojos incrédulos. Alguna pareja abrazada y un niño bebiendo agua de una fuente cercana. Y más de un presente miraba su reloj cada cinco minutos impaciente por la apertura de puertas, se diría que más por tomar asiento que por ver la función.

     La fachada del Teatro Central era bella se mirara por donde se mirara. Una enorme puerta de madera de nogal adornada con varios metales puntiagudos y unas inscripciones en color dorado en cada una de las puertas. En la puerta de la izquierda una T, en la otra una C, ambas caligráficas. La puerta estaba flanqueada por dos columnas de piedra arenisca, áspera al tacto, desgastada por el paso del tiempo y de tono marrón. En el lado derecho las taquillas cerradas porque todos los asientos se habían vendido por adelantado hacía ya un mes. En el lado izquierdo un cartel medio roto que casi permitía leer el nombre del espectáculo que esa noche tendría lugar. El resto de la fachada era de ladrillo y piedra, con ventanas pequeñas, algunas de las que salía luz, otras cerradas con cortinas rojas.

     El chasquido de la cerradura de la puerta del Teatro Central se oyó abrirse. La multitud se agrupó impaciente y comenzaron a entrar de una manera ordenada enseñando cada uno de ellos su billete. Asiento número 43, se oía pronunciar al revisor.

     Una vez dentro, a pesar de que la mayoría de ellos ya había acudido al Teatro Central más de una vez, quedaban asombrados por esas maravillosas lámparas colgantes de ese techo tan alto. En las paredes, farolillos de carbón antiguos hacían imaginarse la iluminación de hacía varios siglos atrás, dándole un aspecto un poco más antiguo al lugar. Abajo, un enorme escenario oculto tras unas cortinas de terciopelo rojo oscuro, con las letras T y C enormes, cosidas a mano con hilo dorado. Enfrente del escenario, numerosas filas de asientos que estaban siendo ocupados por los espectadores. Los murmullos se intensificaban con la entrada de más personas y los actores tras el telón ensayaban unas últimas frases, todos ellos ya con las vestimentas pertinentes.

     Todos sentados. La luz comenzó a bajar su intensidad indicando que la función estaba a punto de dar comienzo. Las voces fueron tornándose a silencio y se hizo la oscuridad. Tan sólo un foco proveniente de la parte de atrás iluminaba el centro de las cortinas, T.C. El telón comenzó a abrirse y se iluminó el escenario poco a poco. Comienza la función. Comienza el Marqués de Villarrobledo.

     En escena, una mujer preciosa, de pelo castaño y con una enorme trenza hacia su pecho izquierdo. Con ropa de andar por casa y sentada en una de las cuatro sillas que había junto a una mesa miraba hacia un punto fijo sin parpadear siquiera, como pensativa, a la vez que movía exageradamente su pierna cruzada. Daba aspecto de estar preocupada. A su alrededor, un escenario lleno de atrezo simulando su estancia en un patio interior de alguna casa: plantas, una fuente pequeña... Es posible que fuera la casa del Marqués y ella su mujer.

     - ¡Catalina! - pronunció de repente, sobresaltando a algún pequeño que no se lo esperaba. - ¿¡Catalina...!? - gritó una vez más.
     - ¡Sí, mi señora! - contestó la sirvienta a la vez que entraba en escena por uno de los laterales, vestida con un  ropaje blanco y negro y con un plumero en sus manos.

[ Continuará... ]

martes, 6 de marzo de 2012

Luxem, un Padre Inmortal.

Siempre existieron criaturas en el mundo. La mayor parte han estado siempre, y siempre lo estarán. Son las llamadas Criaturas Hunno, creadas por el todo poderoso creador del universo. A partir de ellas, y gracias a la reproducción animal y vegetal, se ha podido llenar el mundo de especies que conviven de la mejor forma posible, entre ellos predadores y depredadores que hacen de la cadena alimenticia una balanza que se torna al constante ir y venir de la supervivencia. Sin embargo, nunca una Criatura Hunno puede ser un depredador o un predador, ya que se acabaría con la especie de dicha Criatura.

No obstante, no son estas las únicas criaturas que vagan por el mundo. También existen las Criaturas de Bolsillo o por lo que son más conocidas, Las Inmortales. Como su buen nombre indica, son animales inmortales al paso del tiempo. Por decirlo de otra forma, ni nacen, ni crecen, ni se reproducen, ni mueren, pero viven, y viven eternamente. Esto se debe a que son animales que han sido creados por ciertas personas especiales. En el mundo hay tan sólo quince de estas personas, Los Padres Inmortales. Que también fueron creados de alguna forma por otro Inmortal, el Dios de la Inmortalidad. 

Uno de estos Padres Inmortales se llama Luxem. Lleva en el mundo casi dos mil ciclos lunares en los cuáles gran parte de su tiempo ha dedicado a crear Criaturas de Bolsillo ya que las especies iban extinguiéndose o porque debía repoblar lugares abandonados por culpa de alguna sequía. Luxem tiene una peculiaridad y es que todas Las Inmortales que ha traído al mundo tienen como característica la luminosidad. Es decir, uno de sus elementos fundamentales para darle vida a estos animales es la energía lumínica. 

Varias de sus Criaturas de Bolsillo son: Zebras Ray con sus rayas negras y blancas que a la luz de la luna cambian a colores en tonos rojizos y anaranjados, las Bayas Carnívoras, que a pesar de su similitud a un vegetal es totalmente un animal y de los más venenosos que pudieran haber sido creados nunca por un Padre Inmortal. Estas Bayas viven camufladas entre muchos de los árboles frutales con el fin de alimentarse de insectos que pudieran atacar a los frutos. Otra especie muy conocida y que fue creada con fines de guerra, son las panteras de los Yrles. Los Yrles eran hombres salvajes, pero aún así nunca habían conseguido adiestrar ningún animal salvaje. En su lucha por la supervivencia, donde reyes y otras culturas también luchaban por las tierras más fértiles y ricas, necesitaron de un aliado. Luxem creó una especie a la par de bella y fiel, una máquina de matar. Eran unas panteras negras, expertas en el camuflaje de caza gracias a los pigmentos de color y luz que poseían en su piel oscura. Gracias a ellas los Yrles llegaron a ser una de las especies de hombres salvajes más fuerte de todos los ciclos. 

Un día, cansado de crear especies para el mundo, decidió crear una especie para él. Son las llamadas Luciérnagas Marinas de Luxem. Son cinco pequeños animales, del tamaño de un grano de arroz, pero de una belleza y perfección exuberante. Luxem quiso un proyecto ambicioso y lo consiguió. Su idea era hacer que la luciérnaga que todos conocemos viviese en el fondo del mar, y así lo hizo. Las adaptó no sólo creándole un nuevo sistema respiratorio sino que añadió varias capas luminotelares engarzadas con delicadeza y suavidad proporcionándoles un tacto rugoso pero con formas geométricas extraordinarias. Podía leerse, además, el nombre de Lux a través de sus alas triangulares transparentes. Y para alimentarlas en sus primeros días, ya que es crucial la alimentación de Las Inmortales durante sus primeros meses de vida, mezcló partículas de energía fotoeléctrica junto con restos de insectos cubiertos de magia negra, todo esto bajo unas altas presiones. En consecuencia, un animal para ser admirado por siempre.

Con el tiempo, decidió regalar dos de ellas al Dios Zârh de la belleza extrema para añadirlas a la colección de especies bellas de sus tierras. Siempre lleva consigo las tres restantes dondequiera que va, teniendo la garantía que siempre podrá disfrutarlas y que ellas podrán disfrutar de su creador. Ni él ni ellas podrán morir jamás. 

Luxem trabaja ahora en la creación de serpientes tricéfalas. Se cuentan historias de que podrán escupir fuego por sus bocas y que serían capaces de llegar a medir hasta medio kilómetro. Habrá que esperar, aunque Luxem, uno de los Padres Inmortales con más imaginación e instinto de creación que existen, nunca decepciona con sus nuevos nacimientos.