lunes, 30 de enero de 2012

Diaphònicae Zârh y sus cuatro días de placer.

Lea antes: Los primeros pasos en el Mundo de Diaphònicae Zhâr.

Mi cara no tenía espacio suficiente para poder mostrar lo realmente feliz que estaba. Imaginaos: yo, totalmente desnudo, paseando cogido de la mano con Quien ya sabéis, la dama más bella del universo y por esas tierras tan extraordinariamente hermosas, recordando lo que justo hacía unos minutos antes habíamos estado haciendo. Casi dos horas de amor salvaje en una de las habitaciones de palacio más acogedoras y en una cama, que podía ser el triple que la nuestra, con sábanas tejidas con el fino cabello dorado de las Sirenas de los lagos subterráneos del Norte, suaves y con un olor que recordaba a brisa de mar. Por supuesto, sin lugar a dudas, el amor hecho con muchísimo sentimiento y con un placer exquisitos. Ella mostraba lo experimentada que estaba y yo, después de haber esperado tantísimos ciclos solares a que llegara el momento no podía desaprovecharlo y, a pesar de mi modesta inexperiencia con las mujeres, intentando hacerla sentir como nunca otro hombre lo había hecho antes.

Seguimos caminando y, a pesar de mis placeres inmensos de volver a tener sexo con ella, me interesé por su vida. Sí, quería saber qué hacía ella cuando no estaba con un hombre o cómo eran sus padres porque siempre había oído historias sobre ellos y nunca pude ver cómo eran en realidad. Estaba dispuesto a perder el poco tiempo que se me brindaba, tiempo que estaba destinado a hacer con la hija del Zârh lo que todos los hombres desean y eso que muchos envidian durante toda su vida y que nunca llegan a conseguir, si así averiguaba más cosas sobre ella. Ya sabéis cual ha sido siempre mi gran problema: el haberme enamorado de una mujer que no conocía, de una mujer que, por suerte, he llegado a conocer y que ya estoy echando de menos. Al parecer, eso tuvo que sorprenderle porque, a raíz de mis preguntas, ella, la mujer más perfecta y hermosa que jamás un ser pueda tener entre sus manos, mostraba un intenso empeño por saber cómo eran las cosas fuera de sus tierras. Se interesó en mi vida: qué hacía cada día al levantarme o qué dejaba de hacer al acostarme, cómo eran nuestras mujeres o cómo era nuestra lengua.
- Saludos da Ikum. Adiós da Ikun. ¿Cómo estás? da Squomtu cenî.
Comenzamos a reír juntos al escuchar la entonación tan extraña que le dio al "cómo estás". Aún así, lo hacía bastante bien para ser la primera vez que oía y pronunciaba nuestra lengua.
Al idioma de Quien ya sabéis lo hacían llamar El Suspiro de Ôres, el Dios de todos los Dioses del Universo entero. Se cuenta que, al parecer, Ôres, una vez creados todas las Tierras y Dioses de entonces, cayó en un agotamiento incuestionable y que, a pesar de su fortaleza infinita, moriría. Entonces, en su último aliento de vida susurró un idioma para que todos ellos pudiera relacionarse de alguna forma.
¡Ah! Por favor, no me supliquéis que os cuente cómo era posible que conociera ese idioma si nunca había tenido ni el más mínimo contacto porque olvidé preguntárselo a...Quien ya sabéis. Parece como si una vez dentro de su mundo, El Suspiro de Ôres se volviera innato a tu ser.

Aprendió muchísimas palabras sueltas y frases hechas. Intercalamos el amor con el aprendizaje haciendo que nuestras relaciones sexuales fueran aún más románticas al ser habladas en dos idiomas totalmente diferentes. Noté como mi belleza iba en aumento por cada minuto que pasaba junto a ella. Mi mente maduraba haciendome un hombre robusto y experimentado. Recuerdo sus palabras gritadas con intensidad mientras recorría su cuerpo entero. Palpar sus pechos narrando el camino que recorrían mis dedos y que ella pudiera entenderlo aumentaban mis ganas de continuar la experiencia. Los cánticos de las doncellas de palacio ponían la melodía perfecta a esos orgasmos que podían ser oídos en cualquier parte de sus tierras, debido a la intensidad y aguda voz que poseía. Así durante los cuatro primeros días de mi visita. De vez en cuando parábamos a comer, aunque era como si no lo necesitara. Me alimentaba de su aliento, de sus ganas por estar conmigo y de toda ella.

Aunque no lo creáis, había ratos que Quien ya sabéis quería estar sola. En sus horas de baño o las horas en que sus doncellas la aseaban, y yo lo respetaba con mucho gusto. La amaba y no quería perder ni un segundo con ella pero, ante todo, la respetaba. Entonces yo aprovechaba esos momentos para volver a ir al bosque y conocer a todas y cada una de las especies animales y vegetales de las Tierras de Zârh, a cuál más característica, a cuál más increíble. Pero según se acercaba el quinto y último día, no podía evitar ponerme muy triste aunque no fuera posible, ya que cualquier especie que tuviera contacto con Zârh de alguna forma, era alegre, por definición. Y yo estaba siendo la primera excepción de ello.

sábado, 28 de enero de 2012

Los primeros pasos en el Mundo de Diaphònicae Zhâr.

Lea antes: La entrada a Diaphònicae Zhâr.

Entonces desperté. Mis ojos enmudecieron al observar una extensa llanura bañada por infinitas tonalidades de verde mezcladas con pinceladas de violeta y rojo, haciéndome identificar rápidamente que estaba en las tierras de Zârh. De alguna forma me había imaginado esta estampa, pero ni mucho menos habría imaginado la extremada belleza que llegaba a tener aquel inmenso paisaje.

Un lago, con aguas cristalinas, lleno de especies marinas de todos los puntos cardinales de la galaxia. Desde Tortugas de la isla de Ankers, Peces Romn con su increíble piel trasparente haciendo ver el latir de sus tres corazones, tres Luciérnagas Marinas de Luxem, que ya sabéis que hay tan sólo cinco en todo el universo y las dos que faltaban supongo que estarían en manos de su creador, e incluso pude ver enormes Bicefalópodos Nectaries haciendo su dulce trabajo de recolección del néctar marino del cuál sale más tarde un exquisito licor que puedes tomar en las mejores tabernas de la ciudad.

A los alrededores del lago había también bastante variedad de especies animales terrestres. No me voy a parar a enumerarlas, quizás en otro momento. Pero, sin lugar a dudas, los que más me impactaron fueron el Centauro Blanco y la Aracknite Viudae con sus espeluznantes y velludas patas hilando esa seda tan fina y delicada.

Aún tumbado en el suelo observé el sendero que comenzaba a escasos metros y que llevaba, supuse, al hogar de Quien ya sabéis, hija de Zârh, Dios de la belleza extrema, y poseedor de todas esas maravillosas tierras y de Dianne la hija de Phonnas, Dios de la voz perfecta. Entonces con decisión me levanté, aún tembloroso por estar donde estaba, y pude decir en alto de una vez por todas lo que podéis imaginaros.
- "Al fin voy a conocerte, ¡Diaphònicae Zârh!"
Entonces un escalofrío, casi gélido pero agradable, recorrió mi cuerpo entero y todas las aves hasta entonces ocultas en la maleza echaron a volar haciendo aún más precioso el cielo azulado. El no haber oído nunca ese nombre salir de mi boca me resultó hasta extraña su pronunciación. Ya sabemos qué les pasa a los hombres si dicen su nombre fuera del Mundo de Quien ya sabéis.

Andaba, si os soy sincero, con paso acelerado. En ocasiones hasta corría para acortar al tiempo. Tenía unas ganas inmensas, que casi no se pueden expresar con palabras, de conocerla, de ver su ojos oscuros al día y claros a la luz de la luna de invierno, tocar su piel perfecta para ganar no solo placer sino un sentido al tacto más fino que el que poseo, sentirla entre mis manos y poder así transmitirle todo lo que sentía, poder hablarle y amarla de una vez por todas aunque solo fuera durante un tiempo limitado. Tiempo que se me hizo bastante corto, por cierto.

Ya podían oírse los cantos de las doncellas de palacio. Deben cantar todos y cada uno de los días del ciclo estelar de Unnu. Tan sólo se les permite el silencio cuando la hija de Zârh descansa o los días que la luna y el sol conviven en el mismo cielo. Jardines con flores perfectas, pétalos definidos y con formas geométricas inigualables, fuentes de agua salada, columnas con los bustos de todas las Diosas de la era pasada, talladas en diamante de las Cuevas de Wharow, característico por su color cian producido por los pigmentos que suelta la piedra cianhídrica de allí. Mis pasos parecían cada vez más acompasados y armónicos. La perfección se contagiaba en mi persona y mi mente iba madurando sin percatarme de ello. ¡Ah! Olvidé mencionarlo. Yo estaba totalmente desnudo. Al parecer, según me han comentado más tarde, es un insulto y una deshonra andar cubierto por las tierras de Zârh, y más a los visitantes a Quien ya sabéis.


Entonces, allí estaba ella, sentada a lomos de un Pegaso atractivo y robusto, y de alas prominentes, que se paseaba con la misma dulzura con la que ella respiraba, con la que ella parpadeaba. Me vio y comenzó a acercarse, sin meditarlo. Paré, sin quererlo, analizando esa inolvidable situación. Comenzó a hablar en una lengua que no había oído jamás, algo parecida a la grémila, y que sin embargo estaba comprendiendo en su totalidad.
- "Ikum swreév da Zhârie l'huomus. Reì dialektiae aquo dia t'evol da ma".
 Me dio la bienvenida a las tierras de Zhâr, refiriéndose a mí como pequeño hombre hermoso, y antes de bajarse incluso del Pegaso, ya me estaba concediendo su cuerpo entero, a mi libre albedrío, haciéndome ver que maduraría de forma lo más placentera que un hombre pueda hacerlo jamás, entonces le contesté: Mi cuerpo es tuyo. Mi deseo por sentirte ha terminado, haz que fluya por tí.
- "Diaphònicae Zhâr, ma tvnia da ta. Ma phèrle squomtu twopt, ma Diaphònicae Zhâr te dakvr noc oedes, ma".

jueves, 26 de enero de 2012

La entrada a Diaphònicae Zârh.

Por fin. Después de casi un milenio se me antojaba, incluso, corta la espera. Además, debo admitir que, dudé si lo que realmente tenía en mis manos era eso que tanto había ansiado en la vida o era un simple espejismo de irrealidad llevado allí por un irremediable deseo interno propio por experimentarlo antes de morir, a pesar de mi extremada juventud. En mis manos, la única entrada recién picada que daba la exquisita posibilidad de sentirla, con suerte incluso de conocerla, a Quien ya sabéis.

A escasos metros, al fin, mis ojos se llenaban de grandeza al observar el majestuoso y enorme portal que daba ingreso a ese mundo desconocido hasta el momento para mí. Ya, por pocos momentos. Tan sólo conocía sobre ella las fábulas de aquellos que nunca habían tenido posibilidad de entrar así como las deseosas plegarias de aquellos que tuvieron oportunidad de conocer a Quien ya sabéis y que nunca más podrán volver a conocer.

Dos Guardianes de Orym, con su característica forma de mirar y sus inexpresivas caras, retenían el umbral de la forma más sutil y elegante que cualquier mortal pudiera hacerlo. No había alma alguna que pudiera atravesar las puertas sin un billete como el que tenía en mis manos. No era un billete cualquiera. Tenía una forma rectangular, del metal más precioso que existía en el universo; se ha llegado ha decir que está hecho de polvo lunar junto con hojas molidas del Sauce de Phîerland bañadas con la magia más perfecta y poderosa que cualquier objeto pudiera tener jamás. Ya sabéis que no se gana de cualquier forma, que tu posición social es bastante influyente en ese sentido. Es por eso que me alegro de tener sangre Hwof entre mis venas. Aunque, a pesar de ello, era el segundo en mi linaje que se le daba la oportunidad de entrar. El primero fue el bisabuelo de mi abuelo paterno, hace quizás ya quince ciclos estelares.

Siete de mis trece sentidos se encontraban como nunca los había visto, impacientes. Un cúmulo de sensaciones que hacían como si madurara mentalmente a velocidades intangibles para cualquier estudioso de la física mental. Si hubiera vendido mi cerebro en esos momentos quizás me habría ganado la fortuna más grande de la comarca, superando incluso a la del Rey de Gonderth, aunque sólo los desesperados y al filo de la muerte son capaces de vender su mente por un par de años más. Permitidme alardear un poco, pero gané dos sentidos más por cinco minutos de espera: Escudo de fortaleza y Espera de dimensión doce, no sé si conocéis el primero de ellos.

Quien ya sabéis se encontraba al otro lado del portal. Siempre me he imaginado cómo es ella: ojos de magia exuberante, con unos labios de una delicadeza parecida a las raíces de la Flor Diamante, probablemente con la piel más tersa del universo y con una temperatura exacta, irradiando sensualidad y belleza. Con curvas perfectas y unos senos voluminosos. Su voz, según me han contado experimentados, fluirá de manera óptima e ideal por mis oídos, mezclando así su melodía interior con la mía, totalmente inexperta e inocente a simple vista.


Estaba ansioso por sentirla, por palparla si fuera posible. Acariciar a Quien ya sabéis siempre fue mi mayor deseo, y el no poder pronunciar ni tan siquiera su nombre, hacía que mi mal humor fluyera de vez en cuando. Por eso lo susurro en mi mente cada vez que puedo, cada vez que he necesitado encontrar esa paz y sosiego interior.

De repente, una melodía comenzó a fluir del interior de uno de los guardianes. Por un instante casi tiro la brillante entrada al suelo, al sentir un movimiento extraño en ella. Miré sobresaltado y observé cómo las palabras que se podían oír, iban grabándose con una perfecta caligrafía grémila. Entonces comprendí que la espera llegó a su fin y que el camino hacia lo desconocido se terminaba. En un abrir y cerrar de ojos, un destello cegador hizo el silencio más silencioso que nunca pudierais oír y como si unos brazos salieran del portal acariciaron mi cuerpo con delicadeza llevándome así al interior del Mundo de... Quien ya sabéis. 

jueves, 5 de enero de 2012

Origen del futuro. - Capítulo 1 - El cubo de Thot.

Lea antes: Origen del futuro. - Prólogo -

     Un silencio casi inexistente y una breve brisa fresca hacían que esa habitación pareciera la celda de una cárcel abandonada. Había un olor a tabaco, quizás fumado hacía varias horas. El profundo respirar de un hombre que descansaba en su cama, con tan solo unas sábanas finas que le resguardaban del frío, unido al sonido del paso de los segundos de un reloj antiguo que adornaba una de sus paredes ponían un ritmo casi perfecto tras la oscuridad del momento que se veía entrecortada por una luz azulada. Entre sus pequeños muebles que decoraban esa estancia, había uno que destacaba ante todos los demás. No era el mueble en sí lo que contrastaba sino un objeto que descansaba sobre él, el objeto que producía esa luz intermitente cada cinco segundos. Era una especie de cubo cristalino, con sus esquinas reforzadas con metal plateado, y con un palmo de lado aproximadamente. Trasparente y con una especie de líquido azulado en su interior. Su peso podría rondar los tres kilos de peso. Era eso lo que había venido a buscar, era eso lo que habíamos buscando durante tantos años y por fin estaba al alcance de mis manos.

     Con el mismo silencio y la misma tranquilidad con la que suelo hacer mi trabajo, me acerqué hasta él. Durante unos instantes, con el brazo alzado y con mis dedos casi acariciando el cubo, dudé si cogerlo. Era impensable después de tantos años tras él. Pero, no debía ser tan fácil. Milésimas de segundo antes de tocarlo alertaron a mi astucia y mi subconsciente. "¿Y si hubiera alguna trampa?,  ¿Podría ser que tuviera el cubo alguna especie de conjuro que alertara que estaba siendo robado?" me preguntaba mientras miraba de reojo como seguía descansando su dueño ajeno a lo que estaba ocurriendo en esos momentos allí a su lado. Y pensé: "...pero que mal podría tener si no he tenido problemas de llegar aquí sin ser oído, sin ningún tipo de obstáculo." Entonces con la rapidez de un vistazo y la agilidad que me caracterizaba lo agarré saliendo tan rápido como mis piernas respondieron. Tal fue la velocidad que casi  no termino de coger el cubo cuando estaba saliendo por la puerta de la habitación. Entonces, sin esperarlo, oí ese hombre despertarse gritando y maldiciendo en un idioma que desconocía. Su voz grave e imponente hizo que el silencio huyera con el mismo miedo con el que yo lo estaba haciendo. Mis sospechas se llevaron a cabo. El cubo estaba protegido con algún tipo de conjuro ante robos, no podía ser de otra forma, porque quizás hice menos ruido al salir que al entrar, lo cuál no pudo enterarse de otra forma.

     Conseguí salir de la casa, tirando al suelo todos los muebles y objetos que encontraba en mi camino con el fin de retrasar los enormes pasos de ese hombre, cada vez más largos. Corría y corría sin mirar atrás. Las calles estaban vacías, tan sólo los gritos enfurecidos que salían de la boca del guardián del cubo destacaban en la noche. Si no me daba prisa, los vecinos saldrían y todo se complicaría más de lo que quisiera. Me pisaba los talones, sus pasos debían ser más grandes o su velocidad más rápida porque cada vez lo oía mucho más cerca. Entonces entré en uno de los callejones cercanos más oscuros, que no encontré por casualidad sino que era un lugar que yo había estado preparando por si ocurría lo que estaba pasando. Había roto, hacía escasas horas, todas las bombillas de las farolas y con la sutileza de mi ingenio dejé el alcantarillado abierto, así como varios bloques de madera y contenedores de basura como obstáculos repartidos por el suelo. Sabía los pasos que debía dar, y cómo hacerlos. Sabía todos y cada uno de los movimientos que darían entrada al subsuelo de la ciudad. Cinco pasos junto a la pared de la derecha, salvando así los contenedores, un paso a la izquierda y a continuación un salto para no tropezar con unas tablas de madera que coloqué yo mismo, dos pasos más y voila, justo un paso por delante, en el suelo, la entrada de la gloria. La salida de aquel infierno, el final de aquellos momentos de infarto.

     Mientras bajaba iba iluminando con una linterna el fondo casi infinito que tenía bajo mis pies. Despacio y a la vez que oía gritar furioso al guardián sobre mi cabeza bajaba con ritmo acelerado. Tuve que parar de repente porque tuve la sensación de haber perdido el cubo por el camino. Pero no era más que una falsa alarma que hizo que casi me diera un infarto. Lo había guardado, yo diría que inconscientemente, en uno de los bolsillos de mi mochila mientras dejaba la casa. Entonces continué bajando hasta tocar fondo. El frío inundaba esos túneles mugrientos y el olor era tan desagradable que me hicieron dar varias arcadas. Entonces dejé la mochila en el suelo, saqué un pañuelo y me lo lié alrededor del cuello tapando mi boca y mi nariz.

     Recorrí ese laberinto subterráneo lo suficiente como para salir por una alcantarilla que estuviera bastante retirada de la zona donde había estado. Es más, salí cerca de Highland Park casi un kilómetro más lejos. Entonces busqué una cabina cercana para informar a mi superior.
     - Me complace informarle señor que el cubo está en nuestro poder. - Comenté al oír que descolgaron la llamada y justo antes de que pudieran decir nada. - No ha sido fácil, pero la espera mereció la pena. Es precioso y tal y como esperábamos.
     - Guárdelo con mucho cuidado. - Respondió inmediatamente con voz imponente. - A las diez de la mañana le espero en el despacho número veintidós, planta ochenta y ocho del Empire State Building. No se retrase. - Terminó colgando.

     Comencé a andar pensando dónde me alojaría esa noche. Eran las dos y media de la mañana y en pocas horas debía personarme ante mi jefe con el cubo, y más me valía no llegar tarde a esta cita tan importante como era para él. Es más, debía estar medio presentable. Estaba a hora y media aproximadamente, teniendo en cuenta el tráfico de un día normal. No obstante, era de madrugada y la tranquilidad reinaba las calles a esas horas donde no pasaba más que un coche cada diez o quince minutos. Podría plantarme en un hotel cerca del Empire State en media hora, aunque la tarifa nocturna unida a la tarifa de domingo podría casi triplicar la de la mañana. Aún así lo hice. Un taxi me llevo hasta un hotel a escasos metros de ese majestuoso e imponente edificio. De noche, su iluminación hacían de él un precioso monumento.

     Por treinta dólares ya disponía de una habitación lo suficientemente acogedora como para pasar unas horas de descanso. Tomé un baño caliente sin prisa. No me importaba perder diez minutos más de sueño después de todo lo que había pasado. Es más, pensaba que no pegaría ojo en toda la noche ya que aún me duraba la excitación de hacía ya varias horas. No paraba de dar vueltas a lo sucedido y pensé, sonriendo incluso, que la suerte de estar vivo era quizás mas importante que tener el cubo entre mis manos. Quizás porque no podía llegar a saber la importancia que tenía ese objeto. A continuación me afeité la barba de varios días terminando así mi aseo.

    Me tumbé en la cama, relajado, y puse la televisión. Inmediatamente después puse el despertador de mi iphone, hasta ahora sin carga, a las 09.30 a.m. Y sin quererlo, y sin darme cuenta, caí en un sueño profundo que  no era alterado ni tan siquiera por el ruido de la televisión. Mientras tanto, sin haberme percatado de ello y ajeno a lo que ocurría en mi mochila,  el cubo... esta vez con un color rojo intenso, parpadeaba a una velocidad más elevada. El cubo ahora era buscado por otras personas, si cabe, aún más peligrosas que nosotros. El cubo de Thot, que así se hacía llamar ese objeto misterioso, estaba en manos ajenas y era buscado por unos dueños que serían capaces de hacer cosas inimaginables por recuperarlo.

Figura: Dios egipcio Thot.