Mi cara no tenía espacio suficiente para poder mostrar lo realmente feliz que estaba. Imaginaos: yo, totalmente desnudo, paseando cogido de la mano con Quien ya sabéis, la dama más bella del universo y por esas tierras tan extraordinariamente hermosas, recordando lo que justo hacía unos minutos antes habíamos estado haciendo. Casi dos horas de amor salvaje en una de las habitaciones de palacio más acogedoras y en una cama, que podía ser el triple que la nuestra, con sábanas tejidas con el fino cabello dorado de las Sirenas de los lagos subterráneos del Norte, suaves y con un olor que recordaba a brisa de mar. Por supuesto, sin lugar a dudas, el amor hecho con muchísimo sentimiento y con un placer exquisitos. Ella mostraba lo experimentada que estaba y yo, después de haber esperado tantísimos ciclos solares a que llegara el momento no podía desaprovecharlo y, a pesar de mi modesta inexperiencia con las mujeres, intentando hacerla sentir como nunca otro hombre lo había hecho antes.
Seguimos caminando y, a pesar de mis placeres inmensos de volver a tener sexo con ella, me interesé por su vida. Sí, quería saber qué hacía ella cuando no estaba con un hombre o cómo eran sus padres porque siempre había oído historias sobre ellos y nunca pude ver cómo eran en realidad. Estaba dispuesto a perder el poco tiempo que se me brindaba, tiempo que estaba destinado a hacer con la hija del Zârh lo que todos los hombres desean y eso que muchos envidian durante toda su vida y que nunca llegan a conseguir, si así averiguaba más cosas sobre ella. Ya sabéis cual ha sido siempre mi gran problema: el haberme enamorado de una mujer que no conocía, de una mujer que, por suerte, he llegado a conocer y que ya estoy echando de menos. Al parecer, eso tuvo que sorprenderle porque, a raíz de mis preguntas, ella, la mujer más perfecta y hermosa que jamás un ser pueda tener entre sus manos, mostraba un intenso empeño por saber cómo eran las cosas fuera de sus tierras. Se interesó en mi vida: qué hacía cada día al levantarme o qué dejaba de hacer al acostarme, cómo eran nuestras mujeres o cómo era nuestra lengua.
- Saludos da Ikum. Adiós da Ikun. ¿Cómo estás? da Squomtu cenî.Comenzamos a reír juntos al escuchar la entonación tan extraña que le dio al "cómo estás". Aún así, lo hacía bastante bien para ser la primera vez que oía y pronunciaba nuestra lengua.
Al idioma de Quien ya sabéis lo hacían llamar El Suspiro de Ôres, el Dios de todos los Dioses del Universo entero. Se cuenta que, al parecer, Ôres, una vez creados todas las Tierras y Dioses de entonces, cayó en un agotamiento incuestionable y que, a pesar de su fortaleza infinita, moriría. Entonces, en su último aliento de vida susurró un idioma para que todos ellos pudiera relacionarse de alguna forma.
¡Ah! Por favor, no me supliquéis que os cuente cómo era posible que conociera ese idioma si nunca había tenido ni el más mínimo contacto porque olvidé preguntárselo a...Quien ya sabéis. Parece como si una vez dentro de su mundo, El Suspiro de Ôres se volviera innato a tu ser.
Aprendió muchísimas palabras sueltas y frases hechas. Intercalamos el amor con el aprendizaje haciendo que nuestras relaciones sexuales fueran aún más románticas al ser habladas en dos idiomas totalmente diferentes. Noté como mi belleza iba en aumento por cada minuto que pasaba junto a ella. Mi mente maduraba haciendome un hombre robusto y experimentado. Recuerdo sus palabras gritadas con intensidad mientras recorría su cuerpo entero. Palpar sus pechos narrando el camino que recorrían mis dedos y que ella pudiera entenderlo aumentaban mis ganas de continuar la experiencia. Los cánticos de las doncellas de palacio ponían la melodía perfecta a esos orgasmos que podían ser oídos en cualquier parte de sus tierras, debido a la intensidad y aguda voz que poseía. Así durante los cuatro primeros días de mi visita. De vez en cuando parábamos a comer, aunque era como si no lo necesitara. Me alimentaba de su aliento, de sus ganas por estar conmigo y de toda ella.
Aunque no lo creáis, había ratos que Quien ya sabéis quería estar sola. En sus horas de baño o las horas en que sus doncellas la aseaban, y yo lo respetaba con mucho gusto. La amaba y no quería perder ni un segundo con ella pero, ante todo, la respetaba. Entonces yo aprovechaba esos momentos para volver a ir al bosque y conocer a todas y cada una de las especies animales y vegetales de las Tierras de Zârh, a cuál más característica, a cuál más increíble. Pero según se acercaba el quinto y último día, no podía evitar ponerme muy triste aunque no fuera posible, ya que cualquier especie que tuviera contacto con Zârh de alguna forma, era alegre, por definición. Y yo estaba siendo la primera excepción de ello.
