miércoles, 28 de septiembre de 2011

Oscura Realidad


Mientras estoy en un sueño profundo, noto algo pegajoso en mis manos, es como si alguien estuviera untando mantequilla entre mis dedos. De repente despierto. Es mi perro; se llama Labry. Es un labrador de pelo corto y claro, ojos marrones oscuros, activo y no posee nada de agresividad.

Deben de ser las 6.00 de la mañana. A mi perro le gusta despertarme, no tengo que ponerme ni tan siquiera el despertador. Debo darme prisa, pronto debo estar en el trabajo.

Me levanto y voy algo dormido todavía hacia el baño. Me lavo las manos, un poco las legañas y me refresco. Me dirijo hacia la cocina. Estoy hambriento a pesar de la cena de anoche con mis compañeros de trabajo. Desayunaré un buen tazón de cereales, un zumo y una tostada con aceite y jamón. Dicen que el desayuno es la comida más importante del día. Coloco todo lo necesario en una bandeja y me la llevo al salón. Tengo allí una radio. Me gusta oír las noticias del día.

Ya estoy sentado en el sofá, con mi radio sonando. Están dando el tiempo de hoy. Hará un día estupendo según parece. Espero no me pille por sorpresa una lluvia inesperada. De repente, noto que mi labrador me toca en la rodilla. Me llevé un pequeño susto. Suerte que ya estoy acostumbrado. Me trae una servilleta. Que majo. Se me olvidó cogerla.

Termino de desayunar y la radio acaba de dar las siete menos cuarto de la mañana. Me dispongo a recoger todo y a ponerme mi uniforme. Por cierto, no os lo he dicho, pero trabajo como telefonista en una empresa. Está cerca de casa, quizás escasos veinte minutos andando.

Ya estoy listo. Son las siete y veinte. Me pongo mis gafas de sol, cojo mis llaves y algunas cosas más importantes y pongo rumbo al trabajo. Al salir de casa, debo coger un ascensor. Vivo en un sexto piso. Suerte que hoy parece que funciona. Hay días que debo bajar andando y, de verdad, se me quitan las ganas de bajar.

El ascensor para en el cuarto. Parece mi maravillosa vecina. Siempre preocupada por mí, por mi salud y por todo lo que me rodea.

- ¡Buenos días Alfonso! – Dijo Carmen entrando por la puerta. - ¡Muy buenos días! ¿Cómo está usted hoy? – Respondí mientras apartaba el perro para que subiera. – Pues algo peor con mis lumbares. Pero bueno, ya va una poniéndose mayor. Voy a ver si compro el pan. - Llegamos a la planta baja. Salimos, bajamos las escaleras del rellano juntos y se despide de mí. ¡Vamos Labry! – Dije a mi perro cariñosamente mientras tocaba sus orejas.

A mi perro siempre le gusta ir pegado a mí. Lo llevo atado, aunque sé que no se escapará. Es un animal muy inteligente y fiel. Llegamos a un semáforo. Hay mucho tráfico hoy. Hay que andarse con cuidado. Algunos van a lo loco y no miran a los peatones. Mi perro se dispone a andar, parece que está en verde. Lástima que esta ciudad no haya semáforos para invidentes. ¡Ah¡ Se me olvidó deciros. Pero soy ciego. Nací con este problema que, al parecer, viene de familia.

Gracias a Labry, y a mi bastón, que es el que me guía, voy sorteando todo lo que hay por el camino. Desde coches mal aparcados, pasando por grandes socavones en el suelo, hasta contenedores de basura que dificultan el tránsito por las aceras. El me ayuda a cruzar cuando no aparecen coches, tirando de la cuerda por la que lo sujeto, o incluso llega a ladrar si ve que estoy en peligro porque se acerque algún vehículo.

Parece ser que hemos llegado. Puntuales. Son las ocho. Hemos tardado cuarenta minutos en un recorrido que una persona normal hubiera hecho en unos veinte minutos. Pero bueno, ya estoy acostumbrado y lo preveo.

Mi trabajo consiste en atender las llamadas entrantes, pedidos que le hacen a la empresa y llevar algunas cuentas. A mi perro le permiten estar junto a mí.

Termina la jornada de hoy. Yo solo trabajo por las mañanas. De lunes a viernes. Vamos a ir a comer a un restaurante cerca de aquí, un par de compañeros del trabajo y yo. Los hemos probado casi todos. Nos gusta ir cambiando de sitios y probar menús nuevos. Comeremos hoy en uno de los restaurantes más famosos de la ciudad y de los más caros. Pero eso no me preocupa, hoy paga Julio por su cumpleaños. Según cuentan, ha comido gente importante y es reconocido mundialmente. Tiene, creo, cinco tenedores como clasificación de Michelín.

Cuál sorpresa la nuestra, que nada más entrar nos interceptó un camarero y nos dijo que no podíamos pasar con el perro. Atónito, exijo que el encargado del local se presente. Cuando este se personó, le dije que me dejara entrar con el perro o llamaría a la policía. Él, de muy malas formas, respondió que llamáramos a quién quisiéramos pero que ya nos estábamos largando de allí. Una vez llegaron, puse una reclamación. Un restaurante de tal categoría y no conoce una ley que permite el acceso de nosotros los invidentes a todos los lugares públicos junto a nuestros perros. ¡Ay que joderse!

Acabamos por irnos a un pequeño local, en el que ponían jazz, con un ambiente bastante tranquilo y en el que no pusieron queja alguna. Al contrario, trataron con muchísima amabilidad.

Y es que todo son problemas. Desde que te levantas hasta que te acuestas. Mucha gente ayuda a cruzar la carretera cuando nos ve. Pero también mucha otra ni siquiera nos avisa de que se nos ha caído una moneda. De que cada vez que bajas a la carretera tienes que tener cuidado de no caerte al bajar el escalón, y que cuando subes a la acera tienes que calcular bien donde pones el pie porque puedes doblarte un tobillo. Que vas a comprar y tiene que acompañarte alguien. Que no puedes leer un periódico. Que no puedes visitar ese maravilloso museo que han abierto hace poco. Que no puedes sacar una lata de refresco porque no sabes si estás echando una moneda a una máquina de condones. Que no podemos usar un teléfono público porque no están todos habilitados para ciegos. Que no disfrutamos de la vida como la mayoría de las personas. Que todo es oscuridad para nosotros. Somos gente normal, y exigimos, como tantas y tantas veces como lo hacemos, ser como todos. Que exigimos ser felices. Que exigimos ser como tú.

martes, 27 de septiembre de 2011

Intersecciones Involuntarias Improvisadas e Inexplicables. (1)

Os contaré qué pasó esa noche. 

Yo como cualquier otra, después de un día de duro y cansado trabajo, llegué a casa con ganas de tomar una buena ducha caliente, una cena ligera viendo algún mediocre programa de televisión e ir a la cama no más de la media noche. Sabéis, es rutina. Repeticiones de un día y otro que llegado un momento te desespera y te amarga por dentro. Esa noche, no sé por qué, quizás la luna llena llamó mi atención, es posible que fuera la llamada de alarma de algún coche de la calle, o simplemente fuera el destino el que me hizo salir al balcón. Había un ambiente agradable. ¿Cómo expresarlo? No sé, sinceramente. Pero me encontraba bien. Y decidí, sin mucho pensarlo, salir por la puerta de casa hacia algún lugar de la ciudad. 
Estuve andando una hora por las calles sin rumbo establecido. Es increíble la de cosas que no vemos a diario. El por qué, porque no estamos acostumbrados a observar. Esa noche, observé.  Taxistas que no respetan ni una sola señal de tráfico, parejas uniendo sus bocas junto a la rivera y expresando todo el amor mutuo,  una lechuza haciendo uso de sus excelentes sentidos para dar caza a un pequeño ratón que se había perdido por la ciudad. Leí miles de carteles. Estudiantes buscando compañeros de piso, compañeros de piso buscando compañeros de cama, compañeros de cama buscando sexo, carteles de algún concierto caducado o alguna obra de teatro reciente. Una drogadicta desesperada buscando algunas monedas de euro. Un cantautor con su guitarra componiendo alguna canción interesante, sin ánimo de lucro. Su voz de tabaco me recordaba al tono de Joaquín Sabina. Y un diario. Era como un diario de esos de película misteriosa. Su cubierta estaba gastada por las esquinas y tenía por título "Diario de J.L.C". Lo abrí con tan sumo cuidado que tarde una eternidad en descubrir su interior. Dentro una grandiosa obra de arte, una letra tan espectacular y bella que inmediatamente me puse a leer. Decía...


viernes, 23 de septiembre de 2011

Pestañas de terciopelo, lágrimas de porcelana.

Palabras improvisadas y terapéuticas decía en alto para intentar calmar sus ganas de llorar, según le impuso su psicólogo en sesiones anteriores. Cogía y marcaba en su móvil el número de teléfono, que recordaba de memoria, de un chico que días antes había conocido. No quería sexo con él, solo tener alguien a quién poder contarle su problema. Qué le pasaba realmente. Eso que nunca pudo decir a nadie, no porque no quisiera sino porque nunca tuvo a nadie desde hace muchos años. No respondía la llamada porque ese chico nunca existió en la realidad. 
Cansada de no saber qué hacer, comenzó a dar vueltas como una loca por su pequeño salón en el que una silla solitaria adornaba las desnudas y blancas paredes. Su mente no retiraba esa macabra idea de abrir la ventana y dejar caer su cuerpo al vacío. Intentaba olvidarlo cerrando los ojos y concentrándose duramente en otra cosa. Abrió los ojos y dejó caer unas lágrimas por su suave cara. Sus ojeras hacían de su belleza una fría y triste calamidad. Volvió a coger su móvil, con tan poca batería que no pudo marcar un número al azar por si podía hablar con alguien. Su móvil, era de juguete. 
Se sentó. Sus ojos desencajados parecía que querían ver qué había tras las paredes. Sin pensarlo ni una vez más, decidió que había llegado el final de su vida. Se rodeó para poder ser libre al final, pero donde antes había una ventana, no había ahora más que dura pared. 
Llantos, llantos y más llantos. Empezó a golpearse. Tal era su furia que no sentía el más mínimo dolor. Tenía su cuerpo repleto de heridas y marcado por las continuas agresiones propias. 
Volvió a levantarse para poder arrodillarse e inmediatamente empezó a cantar con dulzura una canción que le había enseñado su madre en la infancia. La recordaba y eso hacía sacarle una sonrisa temporal. Recordaba sus gestos, su amor, su voz. La intensidad del tono era cada vez más baja, como el cantar de una nana a un recién nacido para intentar calmar su llanto. Cada vez más despacio hacía que sus párpados fueran cayendo. Su voz se perdía en el sueño en el que caía aquella noche. Un día más consigue dormir.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Recordando que mi constante con LOST es Desmond Hume.



Hoy al levantarme, he sufrido saltos en el tiempo. Saltos temporales que me hacían viajar al pasando cuando veía la serie Perdidos. Lo más extraordinario es que estaba viendo el capítulo de la constante, que fue sin duda uno de los mejores capítulos de la serie. Me levante de la cama y mientras enjuagaba mis pegados ojos por culpa de legañas, volví a aparecer en el pasado limpiándome lo que fue en su día unas lágrimas por el final del grandioso capítulo. Entonces comprendí, que mi constante era Desmond Hume y que hoy debía ver ese capítulo, recordar cómo fue aquella experiencia. Entonces así daría fin a los saltos en el tiempo y a un posible trastorno neuronal. Éste es el capítulo y ésta mi constante:

http://www.youtube.com/watch?v=TIqcoyk4j2k

http://www.youtube.com/watch?v=sBlsXhOStyA

http://www.youtube.com/watch?v=gRjht33TolI

http://www.youtube.com/watch?v=pcm6-TcXUC0

http://www.youtube.com/watch?v=ieAVOosAdBo

A todos los que vivieron LOST en su momento =)

Esto fue escrito el 22/09/2011 a las 10.00 de la mañana. Tal sorpresa la mía, cuando de repente, cuatro horas y media más tarde me encuentro una noticia en telecinco.es anunciando lo siguiente:

Un día como hoy, hace 7 años, el vuelo 815 de Oceanic Airlines despegaba de Sidney con dirección a Los Ángeles. Sin embargo, Jack, Kate, Charlie, Hurley, John, Sawyer, Jin, Sun, Sayid, Michael, Claire, Ana Lucía, Boone y Shannon nunca aterrizaron en California.

http://www.telecinco.es/informativos/tecnologia/noticia/6903523/

"Casualidad?" ¡Qué curioso! Me da que pensar estas cosas.... xD