Mientras estoy en un sueño profundo, noto algo pegajoso en mis manos, es como si alguien estuviera untando mantequilla entre mis dedos. De repente despierto. Es mi perro; se llama Labry. Es un labrador de pelo corto y claro, ojos marrones oscuros, activo y no posee nada de agresividad.
Deben de ser las 6.00 de la mañana. A mi perro le gusta despertarme, no tengo que ponerme ni tan siquiera el despertador. Debo darme prisa, pronto debo estar en el trabajo.
Me levanto y voy algo dormido todavía hacia el baño. Me lavo las manos, un poco las legañas y me refresco. Me dirijo hacia la cocina. Estoy hambriento a pesar de la cena de anoche con mis compañeros de trabajo. Desayunaré un buen tazón de cereales, un zumo y una tostada con aceite y jamón. Dicen que el desayuno es la comida más importante del día. Coloco todo lo necesario en una bandeja y me la llevo al salón. Tengo allí una radio. Me gusta oír las noticias del día.
Ya estoy sentado en el sofá, con mi radio sonando. Están dando el tiempo de hoy. Hará un día estupendo según parece. Espero no me pille por sorpresa una lluvia inesperada. De repente, noto que mi labrador me toca en la rodilla. Me llevé un pequeño susto. Suerte que ya estoy acostumbrado. Me trae una servilleta. Que majo. Se me olvidó cogerla.
Termino de desayunar y la radio acaba de dar las siete menos cuarto de la mañana. Me dispongo a recoger todo y a ponerme mi uniforme. Por cierto, no os lo he dicho, pero trabajo como telefonista en una empresa. Está cerca de casa, quizás escasos veinte minutos andando.
Ya estoy listo. Son las siete y veinte. Me pongo mis gafas de sol, cojo mis llaves y algunas cosas más importantes y pongo rumbo al trabajo. Al salir de casa, debo coger un ascensor. Vivo en un sexto piso. Suerte que hoy parece que funciona. Hay días que debo bajar andando y, de verdad, se me quitan las ganas de bajar.
El ascensor para en el cuarto. Parece mi maravillosa vecina. Siempre preocupada por mí, por mi salud y por todo lo que me rodea.
- ¡Buenos días Alfonso! – Dijo Carmen entrando por la puerta. - ¡Muy buenos días! ¿Cómo está usted hoy? – Respondí mientras apartaba el perro para que subiera. – Pues algo peor con mis lumbares. Pero bueno, ya va una poniéndose mayor. Voy a ver si compro el pan. - Llegamos a la planta baja. Salimos, bajamos las escaleras del rellano juntos y se despide de mí. ¡Vamos Labry! – Dije a mi perro cariñosamente mientras tocaba sus orejas.
A mi perro siempre le gusta ir pegado a mí. Lo llevo atado, aunque sé que no se escapará. Es un animal muy inteligente y fiel. Llegamos a un semáforo. Hay mucho tráfico hoy. Hay que andarse con cuidado. Algunos van a lo loco y no miran a los peatones. Mi perro se dispone a andar, parece que está en verde. Lástima que esta ciudad no haya semáforos para invidentes. ¡Ah¡ Se me olvidó deciros. Pero soy ciego. Nací con este problema que, al parecer, viene de familia.
Gracias a Labry, y a mi bastón, que es el que me guía, voy sorteando todo lo que hay por el camino. Desde coches mal aparcados, pasando por grandes socavones en el suelo, hasta contenedores de basura que dificultan el tránsito por las aceras. El me ayuda a cruzar cuando no aparecen coches, tirando de la cuerda por la que lo sujeto, o incluso llega a ladrar si ve que estoy en peligro porque se acerque algún vehículo.
Parece ser que hemos llegado. Puntuales. Son las ocho. Hemos tardado cuarenta minutos en un recorrido que una persona normal hubiera hecho en unos veinte minutos. Pero bueno, ya estoy acostumbrado y lo preveo.
Mi trabajo consiste en atender las llamadas entrantes, pedidos que le hacen a la empresa y llevar algunas cuentas. A mi perro le permiten estar junto a mí.
Termina la jornada de hoy. Yo solo trabajo por las mañanas. De lunes a viernes. Vamos a ir a comer a un restaurante cerca de aquí, un par de compañeros del trabajo y yo. Los hemos probado casi todos. Nos gusta ir cambiando de sitios y probar menús nuevos. Comeremos hoy en uno de los restaurantes más famosos de la ciudad y de los más caros. Pero eso no me preocupa, hoy paga Julio por su cumpleaños. Según cuentan, ha comido gente importante y es reconocido mundialmente. Tiene, creo, cinco tenedores como clasificación de Michelín.
Cuál sorpresa la nuestra, que nada más entrar nos interceptó un camarero y nos dijo que no podíamos pasar con el perro. Atónito, exijo que el encargado del local se presente. Cuando este se personó, le dije que me dejara entrar con el perro o llamaría a la policía. Él, de muy malas formas, respondió que llamáramos a quién quisiéramos pero que ya nos estábamos largando de allí. Una vez llegaron, puse una reclamación. Un restaurante de tal categoría y no conoce una ley que permite el acceso de nosotros los invidentes a todos los lugares públicos junto a nuestros perros. ¡Ay que joderse!
Acabamos por irnos a un pequeño local, en el que ponían jazz, con un ambiente bastante tranquilo y en el que no pusieron queja alguna. Al contrario, trataron con muchísima amabilidad.
Y es que todo son problemas. Desde que te levantas hasta que te acuestas. Mucha gente ayuda a cruzar la carretera cuando nos ve. Pero también mucha otra ni siquiera nos avisa de que se nos ha caído una moneda. De que cada vez que bajas a la carretera tienes que tener cuidado de no caerte al bajar el escalón, y que cuando subes a la acera tienes que calcular bien donde pones el pie porque puedes doblarte un tobillo. Que vas a comprar y tiene que acompañarte alguien. Que no puedes leer un periódico. Que no puedes visitar ese maravilloso museo que han abierto hace poco. Que no puedes sacar una lata de refresco porque no sabes si estás echando una moneda a una máquina de condones. Que no podemos usar un teléfono público porque no están todos habilitados para ciegos. Que no disfrutamos de la vida como la mayoría de las personas. Que todo es oscuridad para nosotros. Somos gente normal, y exigimos, como tantas y tantas veces como lo hacemos, ser como todos. Que exigimos ser felices. Que exigimos ser como tú.
