Luces, flashes, el retumbar de los bafles de la discoteca, unido a un ambiente algo acalorado, hacían que la gente disfrutara rozando sus cuerpos como si de una orgía descomunal de quinientas personas se estuviera llevando a cabo. El alcohol ya corría por sus venas dando la sensación a cada uno de ellos de libertad y a pesar de haber reducido su campo visual casi a la mitad podían ver como los demás copiaban sus movimientos descontrolados, sin ritmo aparente. Ingerían drogas en cantidades tan ingentes que sus cuerpos pedían a gritos que pararan, pero el sonido no les dejaban que les oyeran. Colas incesantes en el baño, había gratis rayas de cocaína. En uno de los baños, el gemir de una mujer, que se montaba un trío con dos chicos mucho más jóvenes que ella, hacía que los presentes llegaran a tocar sus miembros viriles. Fuera, una ambulancia recogía una chica que tenía una tasa en sangre de alcohol tan alta que no pudieron calcularla. Coma etílico antes de que su corazón dejara de latir para siempre. Dentro, nadie se percataba de ello.
Paremos el tiempo diez segundos... 10
Se ve que hay 9 una botella levitando 8 en el aire y un 7 joven con el brazo 6 como de haberla 5 lanzado segundos antes. 3 Se dirige hacia otro chico 2. Intentaré apartarlo para 1 que no le de.
El crash del cristal al caer sobre la cabeza del chico alertó a los que estaban alrededor, pero tenían tal ciego que no sabían por dónde estaba el peligro. No me dio tiempo a quitar al chaval para que no le golpeara. Su cabeza no dejaba de expulsar sangre. Al percatarse de eso sus amigos, sacaron sus navajas. La música seguía puesta, la oscuridad desaparecía por breves instantes entrecortada por los flashes. Entonces el que lanzó la botella vio venir sus últimos segundos de vida. Una puñalada en el pecho acabó con su vida. Gritos, saltos. La gente salia corriendo por la única puerta de emergencia que había, gente pisoteada... Todos salieron, menos la chica que fue violada en el baño por los dos chicos que se oían.
Paremos el tiempo diez segundos... 10
Reflexionemos ... 9... 8 ... No dejemos que 7 haya estas noches... 6 ... 5 ... Yo no quiero vivir esta noche 4... 3 ... Conciencias ... 2... 1...Cambiemos.
lunes, 31 de octubre de 2011
domingo, 30 de octubre de 2011
El encuentro
Coloreé el sol de un amarillo intenso para que brillara esa tarde que llegaba. Observé unas nubes a lo lejos y las borré con tanta fuerza que tuve que volver a pintar el cielo de azul un poco. Quería que esa tarde fuera perfecta. Ella se merecía lo mejor.
Ahora tenía que decidir con qué perfume alimentar mi cuello. Quizás quiera dormir sobre mi pecho en algún momento. Me gustaría que recordara mi olor y mi ritmo cardíaco. Aunque creo que se moverá con un ritmo bastante acelerado a lo que está acostumbrado. Aún así disfrutará como una bebé intenta conciliar el sueño a los brazos de su padre.
Elegí mi mejor camiseta, la que más favorecía mi cara. Es más, ya me dijo ella en varias ocasiones que me quedaba genial y que le encantaba. Entonces siempre me sacaba una sonrisa, hasta me ruboricé en alguna ocasión.
Con ganas me dispuse a marcharme a donde habíamos quedado. Llevaba un paso tan alegre que parecía que bailaba. Y allí estaba, esperándome sentada en el banco del parque. Con sus bellos ojos perdidos en el firmamento pensando, quizás, en algo interesante. Queríamos pasear juntos esa tarde y compartir un momento más. Y así lo hicimos.
Como si me hubiera oído susurrarle en la distancia un te quiero, giró su cabeza dibujando una sonrisa que parecía camuflarse en la belleza del rosal que había junto a ella. Entonces se levantó y, como siempre, me abrazó. Y una vez más volvía a sentir algo que me fluía desde el pecho hasta mi cara haciendo que esta ruborizara un poco.
Juntos paseamos, compartiendo una historia más, haciendo que las horas fueran minutos que pasaban tan rápido que no teníamos constancia de su velocidad. Yo, con mi ingenio, puse la letra y ella, con su felicidad, puso la melodía y creamos, sin quererlo, la mejor canción de los últimos años.
Culminamos la tarde con eso que aún no había llegado. Eso que llaman, el beso. Pero no fue un beso cualquiera, fue el beso. Único. Como si del último se tratara compartimos a través del beso ese sentimiento mutuo que guardábamos en secreto. Yo se lo mostré con caricias haciendo ver lo que había escondido, lo que guardaba ahí tan adentro que le costaba salir, que parecía estar tímido.
Y como si unas cadenas nos ataran mutuamente, no pudimos separarnos. Nuestras almas querían compartir un ratito más, pero debíamos marchar. Y tuvimos que conformarnos con un último beso y un te quiero mucho cantado con amor.
Ahora tenía que decidir con qué perfume alimentar mi cuello. Quizás quiera dormir sobre mi pecho en algún momento. Me gustaría que recordara mi olor y mi ritmo cardíaco. Aunque creo que se moverá con un ritmo bastante acelerado a lo que está acostumbrado. Aún así disfrutará como una bebé intenta conciliar el sueño a los brazos de su padre.
Elegí mi mejor camiseta, la que más favorecía mi cara. Es más, ya me dijo ella en varias ocasiones que me quedaba genial y que le encantaba. Entonces siempre me sacaba una sonrisa, hasta me ruboricé en alguna ocasión.
Con ganas me dispuse a marcharme a donde habíamos quedado. Llevaba un paso tan alegre que parecía que bailaba. Y allí estaba, esperándome sentada en el banco del parque. Con sus bellos ojos perdidos en el firmamento pensando, quizás, en algo interesante. Queríamos pasear juntos esa tarde y compartir un momento más. Y así lo hicimos.
Como si me hubiera oído susurrarle en la distancia un te quiero, giró su cabeza dibujando una sonrisa que parecía camuflarse en la belleza del rosal que había junto a ella. Entonces se levantó y, como siempre, me abrazó. Y una vez más volvía a sentir algo que me fluía desde el pecho hasta mi cara haciendo que esta ruborizara un poco.
Juntos paseamos, compartiendo una historia más, haciendo que las horas fueran minutos que pasaban tan rápido que no teníamos constancia de su velocidad. Yo, con mi ingenio, puse la letra y ella, con su felicidad, puso la melodía y creamos, sin quererlo, la mejor canción de los últimos años.
Culminamos la tarde con eso que aún no había llegado. Eso que llaman, el beso. Pero no fue un beso cualquiera, fue el beso. Único. Como si del último se tratara compartimos a través del beso ese sentimiento mutuo que guardábamos en secreto. Yo se lo mostré con caricias haciendo ver lo que había escondido, lo que guardaba ahí tan adentro que le costaba salir, que parecía estar tímido.
Y como si unas cadenas nos ataran mutuamente, no pudimos separarnos. Nuestras almas querían compartir un ratito más, pero debíamos marchar. Y tuvimos que conformarnos con un último beso y un te quiero mucho cantado con amor.
Como Morla Vetusta Mola =)
Con una buena canción y un buen compañero de andanzas se puede ser feliz. Yo, al menos, puedo serlo.
Gracias Vetusta Morla y gracias amig@s por acompañarme la pasada noche en ese maravilloso concierto.
Gracias Vetusta Morla y gracias amig@s por acompañarme la pasada noche en ese maravilloso concierto.
miércoles, 26 de octubre de 2011
El ojo como espejo del alma
Ojos. Ojos que miran pero no ven. Ojos que lloran, ojos que ríen. Ojos caracterizados por lentillas. Ojos negros, ojos blancos. Ojos dormidos, ojos con sueño y ojos de ensueño. Ojos con gafas, ojos al desnudo. Ojos que parpadean para creerse lo que ven y ojos que no se molestan en hacerlo porque son demasiado inocentes. Ojos. Ojos trasparentes, ojos verdaderos. Ojos que no mienten y ojos que te engañan. Ojos que transmiten confianza y ojos que terminan confiando. El ojo de la verdad.
Ojos enormes, ojos casi pequeños. Ojos azules, ojos marrones, ojos de colores. Ojos que miran con cuidado, ojos observadores. Ojos que fulminan con la mirada. Ojos de gato, ojos de tigre, ojos de animal salvaje. Ojos con pena que necesitan un trasplante por ojos alegres y frescos. Ojos cariñosos. ¡Ojo, ojos! Ojos que fijan un punto, ojos que miran al infinito. Ojos terrestres. ¿Ojos extraterrestres? Ojala que existan esos ojos. Ojos que tienen polvo. Ojos limpios por lágrimas saladas. Ojos de mentira.
Ojos que ven el tiempo pasar. Ojos que viven solos. Ojos con rimas. Ojos con rímel. Ojos con cataratas. Cataratas de lágrimas de ojos con esperanza. Ojos que viven. Ojos. Ojos con visión nocturna. Ojos ciegos que ven pero no se dan cuenta y, por desgracia, ciegos sin ojos que quisieran tener, al menos, un ojo con el que echar un ojo. Ojos que irradian como el sol. Ojos que reflejan, que son el espejo del alma. Miradas cruzadas por ojos inigualables. Ojos chinos, ojos característicos.
Ojos que leen, ojos que escriben la biografía de su ser. Ojos que descubren cosas desconocidas. Ojos victoriosos y ojos derrotados. Ojos dibujados por ojos creativos. Ojo al dato: ojos que recalcan. Manos que tapan ojos con delicadeza. Ojos inolvidables, a veces demasiados recordados. Ojos lejanos que quisieras que estén cerca para besarlos. Ojos de luna. Ojos de cielo. El ojo del universo. Universo de ojos, todos diferentes, pero todos con una misma función... recordar.
Ojos enormes, ojos casi pequeños. Ojos azules, ojos marrones, ojos de colores. Ojos que miran con cuidado, ojos observadores. Ojos que fulminan con la mirada. Ojos de gato, ojos de tigre, ojos de animal salvaje. Ojos con pena que necesitan un trasplante por ojos alegres y frescos. Ojos cariñosos. ¡Ojo, ojos! Ojos que fijan un punto, ojos que miran al infinito. Ojos terrestres. ¿Ojos extraterrestres? Ojala que existan esos ojos. Ojos que tienen polvo. Ojos limpios por lágrimas saladas. Ojos de mentira.
Ojos que leen, ojos que escriben la biografía de su ser. Ojos que descubren cosas desconocidas. Ojos victoriosos y ojos derrotados. Ojos dibujados por ojos creativos. Ojo al dato: ojos que recalcan. Manos que tapan ojos con delicadeza. Ojos inolvidables, a veces demasiados recordados. Ojos lejanos que quisieras que estén cerca para besarlos. Ojos de luna. Ojos de cielo. El ojo del universo. Universo de ojos, todos diferentes, pero todos con una misma función... recordar.
domingo, 23 de octubre de 2011
Hoy quiero de postre, tarta de manzana.
Aún no había desayunado ni siquiera, sin embargo, ya estaba pensando en el postre de la comida del medio día. Hacía unos quince minutos que me había levantado. El tiempo justo de enjuagarme las legañas de los ojos y de hacer la cama. El café terminaba de hacerse y yo untaba la margarina a las tostadas recién hechas, con tanta hambre que mordisqueé un trocito de una de ellas. Esa mañana, me levante con un antojo de embarazada. Quería como postre, tarta de manzana.
Mientras desayunaba, sentada en la mesa del balcón y con el sol asomando con timidez por el horizonte, pensaba que, en realidad, tenía todos los ingredientes y podría hacerlo. Tenía nata, levadura, huevos, harina... pero me faltaba lo fundamental, la manzana. Claro..., podría bajar y comprarlo en el supermercado, como cualquier persona inteligente. Yo, tan especial, me dio el segundo antojo del día, ir a recoger una manzana al bosque que había a unos kilómetros de la ciudad.
Abrochando los botones de la rebeca para no pasar frío, ya que no quería ponerme enferma ahora con el niño en camino, me dirigía al coche que tenía aparcado en mi plaza de garaje número 3. Levanté el mando del coche para abrirlo y el bip bip que se oyó, rompió el silencio que recorría despacio la primera planta del garaje. Me subí, abroché con tino para no apretar demasiado mi barriga y arranqué. Antes de salir, por supuesto, puse el disco nuevo de Amaral que me regalaron por mi cumpleaños hace unos meses.
Quedaban unos dos kilómetros para llegar. Mientras, silbaba una de las canciones a la vez que pensaba dónde dejar el coche cuando llegara. Desde allí, no tendría que andar mucho hasta la plantación de manzanas. Era una finca privada, en realidad, pero estaba abierta a todo el mundo. El ansia por llegar, coger la manzana, y volver a casa aumentaba con el paso del tiempo. Pero aún así era prudente por esa carretera que no frecuentaba demasiado.
Con cuidado al pisar el suelo ya que tenía gran cantidad de piedras un poco resbaladizas, ya veía al fondo los manzanos repletos de ese fruto verde tan perfecto, y tan exquisito, y más si está encima de una tarta. Reí sola al pensarlo y entonces parece ser que un hombre que había por allí cerca me escuchó. Era muy guapo, parecía tener alrededor de los treinta años, y se estaba acercando a mí. Como si no lo hubiera visto, seguí andando hacia el manzano, entonces me llamó. Me habló y no me lo esperaba. Al principio me asusté un poco, no sé, estaba sola y me preocupe más de lo que debería ya que lo único que quería ese hombre era charlar un poco.
Después de unos minutos, debíais haberme visto. Estaba charlando con un desconocido y con la manzana más perfecta que encontré, porque era la que quería, en mi mano. Le conté que estaba embaraza de cinco meses, pero soltera. Le expliqué que tuve un novio durante siete años y que decidimos formar una familia, de empezar una vida nueva. Ya dejamos de ser jóvenes, teníamos trabajo y era hora de poner alegría y cambio a la casa. Pero, por suerte, descubrí a tiempo que me engañaba. Me engañaba con otra mujer y lo venía haciendo durante muchos años. Le comenté que lo pasé tan mal que decidí abortar, no traer a este niño al mundo , dije mientras acariciaba la barriga, ya que no se merecía ese hombre tan cruel ni siquiera tener descendencia. Pero pensé en su momento que también tenía derecho el niño a nacer y yo a tenerlo, y así se lo conté, junto con muchísimas cosas más. Él me relató su vida y así pasamos unas horas bastantes agradables.
De vuelta a casa traía la radio apagada. Pensaba. Recordé qué había pasado el bosque. Hubo una atracción, una complicidad, estuve bien y hacía tiempo que no sentía algo así. Miré por el espejo retrovisor viendo que me seguía con su coche. Le invité a comer y a probar esa dichosa tarta que se me antojó esta mañana. Entonces comprendí que ese antojo de embarazo había hecho que lo conociera, que el destino me dio la posibilidad de cruzarme con él. Quizás fue mi pequeño que quería un padre que le educara y que me quisiera. Entonces algo me decía que no debía dejarlo escapar.
Y así fue, comimos juntos ese día, seguimos conociéndonos. Cada día que pasaba queríamos vernos más hasta el punto en que decidió venir a vivir conmigo. Tuve mi bebé y, como si del suyo se tratara, lo acogió y lo educó durante todos los años hasta el día de hoy.
Hoy es el tercer cumpleaños de Julio y para celebrarlo, un año más, una gran tarta de manzana.
Mientras desayunaba, sentada en la mesa del balcón y con el sol asomando con timidez por el horizonte, pensaba que, en realidad, tenía todos los ingredientes y podría hacerlo. Tenía nata, levadura, huevos, harina... pero me faltaba lo fundamental, la manzana. Claro..., podría bajar y comprarlo en el supermercado, como cualquier persona inteligente. Yo, tan especial, me dio el segundo antojo del día, ir a recoger una manzana al bosque que había a unos kilómetros de la ciudad.
Abrochando los botones de la rebeca para no pasar frío, ya que no quería ponerme enferma ahora con el niño en camino, me dirigía al coche que tenía aparcado en mi plaza de garaje número 3. Levanté el mando del coche para abrirlo y el bip bip que se oyó, rompió el silencio que recorría despacio la primera planta del garaje. Me subí, abroché con tino para no apretar demasiado mi barriga y arranqué. Antes de salir, por supuesto, puse el disco nuevo de Amaral que me regalaron por mi cumpleaños hace unos meses.
Quedaban unos dos kilómetros para llegar. Mientras, silbaba una de las canciones a la vez que pensaba dónde dejar el coche cuando llegara. Desde allí, no tendría que andar mucho hasta la plantación de manzanas. Era una finca privada, en realidad, pero estaba abierta a todo el mundo. El ansia por llegar, coger la manzana, y volver a casa aumentaba con el paso del tiempo. Pero aún así era prudente por esa carretera que no frecuentaba demasiado.
Con cuidado al pisar el suelo ya que tenía gran cantidad de piedras un poco resbaladizas, ya veía al fondo los manzanos repletos de ese fruto verde tan perfecto, y tan exquisito, y más si está encima de una tarta. Reí sola al pensarlo y entonces parece ser que un hombre que había por allí cerca me escuchó. Era muy guapo, parecía tener alrededor de los treinta años, y se estaba acercando a mí. Como si no lo hubiera visto, seguí andando hacia el manzano, entonces me llamó. Me habló y no me lo esperaba. Al principio me asusté un poco, no sé, estaba sola y me preocupe más de lo que debería ya que lo único que quería ese hombre era charlar un poco.
Después de unos minutos, debíais haberme visto. Estaba charlando con un desconocido y con la manzana más perfecta que encontré, porque era la que quería, en mi mano. Le conté que estaba embaraza de cinco meses, pero soltera. Le expliqué que tuve un novio durante siete años y que decidimos formar una familia, de empezar una vida nueva. Ya dejamos de ser jóvenes, teníamos trabajo y era hora de poner alegría y cambio a la casa. Pero, por suerte, descubrí a tiempo que me engañaba. Me engañaba con otra mujer y lo venía haciendo durante muchos años. Le comenté que lo pasé tan mal que decidí abortar, no traer a este niño al mundo , dije mientras acariciaba la barriga, ya que no se merecía ese hombre tan cruel ni siquiera tener descendencia. Pero pensé en su momento que también tenía derecho el niño a nacer y yo a tenerlo, y así se lo conté, junto con muchísimas cosas más. Él me relató su vida y así pasamos unas horas bastantes agradables.
De vuelta a casa traía la radio apagada. Pensaba. Recordé qué había pasado el bosque. Hubo una atracción, una complicidad, estuve bien y hacía tiempo que no sentía algo así. Miré por el espejo retrovisor viendo que me seguía con su coche. Le invité a comer y a probar esa dichosa tarta que se me antojó esta mañana. Entonces comprendí que ese antojo de embarazo había hecho que lo conociera, que el destino me dio la posibilidad de cruzarme con él. Quizás fue mi pequeño que quería un padre que le educara y que me quisiera. Entonces algo me decía que no debía dejarlo escapar.
Y así fue, comimos juntos ese día, seguimos conociéndonos. Cada día que pasaba queríamos vernos más hasta el punto en que decidió venir a vivir conmigo. Tuve mi bebé y, como si del suyo se tratara, lo acogió y lo educó durante todos los años hasta el día de hoy.
Hoy es el tercer cumpleaños de Julio y para celebrarlo, un año más, una gran tarta de manzana.
viernes, 21 de octubre de 2011
La Tortuga Sonriente
Beatriz, sinónimo de felicidad.
Una madre, con tanta alegría por traer al mundo otro hijo más, llegaba al hospital acompañaba por su marido que tuvo que dejar a medias una lección sobre matrices en un instituto de secundaria de Sevilla. Ya tenía experiencia con el parto y no estaba preocupada. Llegó con dolorosas contracciones y ya había preparado un quirófano para ese nacimiento tan esperado.
Unas horas mas tarde, un pequeño grito silencioso junto con un último empujón, dio lugar a la salida de forma satisfactoria a una pequeña bebé, hermosa. Tenía tantas ganas de cogerla, palparla, sentir esa conexión que sólo una madre puede experimentar, que tuvo que pedir al médico que se la diera de inmediato. Había recuperado fuerzas tan rápido que parecía no haber estado de parto. La pequeña, acostumbrada a vivir con oscuridad durante casi nueve meses, le extraña ver tanta claridad ese día. Es más, al alzar la vista para ver quién la cogía con tanto amor, fue cuando supo que ella era su mamá, la que la había alimentando y cuidado durante todo este tiempo. Su madre no podía borrar la sonrisa producida por la felicidad tan plena que sentía en esos momentos, que la pequeña copió eso desde entonces. Unos segundos después escuchó una voz que recordaba de haber oído durante mucho tiempo. Era un hombre que le regaló un beso nada más verla, a ella y a su mamá. Entonces comprendió que ese hombre debía ser su papá.
La llamaron Beatriz, sinónimo de alegría.
Creció con sus hermanos, con su familia, con sus amigos. Fue feliz, aprendió los valores fundamentales de la vida, el valor, el respeto... Aprendió sobre una familia fuerte y unida, sobre un padre ejemplar que le animó a amar las matemáticas. Tuvo momentos buenos, momentos malos, pero nunca olvidó esa sonrisa que le regaló su madre el día que nació. Hasta el día de hoy la ha regalado a todos y cada una de las personas que ha conocido, y yo, gracias a Dios o al destino, me la crucé por casualidad. Ahora tiene 24 años y tengo la fortuna de compartir con ella bastantes horas de clase y estudio en la facultad. Y es ahora por lo que veo la vida con otros ojos, con más felicidad. No sé, es como si me hubiera transmitido esa sonrisa, esa manera tan increíble de ser. Y ahora voy regalando la mía a todos los que yo me voy cruzando, no tan bien como ella, pero con empeño por hacerlo lo mejor posible.
Por eso, estas palabras van para ella, para Beatriz. Es como un llamamiento a que nunca lo deje, a que no permita que nada le borre la sonrisa, a que nada termine con esa maravillosa virtud que le enseñó su madre. No es nada fácil encontrar gente así, lo sé y es más, me siento afortunado, pero por eso también hago otro llamamiento a todos los demás, para que pongan de su parte para transmitir su felicidad y ese buen rollo que tenemos cada uno, para que sea mucho más fácil encontrar gente como ella.
Para tí Beatriz, sinónimo de bienestar.
Gracias.
Una madre, con tanta alegría por traer al mundo otro hijo más, llegaba al hospital acompañaba por su marido que tuvo que dejar a medias una lección sobre matrices en un instituto de secundaria de Sevilla. Ya tenía experiencia con el parto y no estaba preocupada. Llegó con dolorosas contracciones y ya había preparado un quirófano para ese nacimiento tan esperado.
Unas horas mas tarde, un pequeño grito silencioso junto con un último empujón, dio lugar a la salida de forma satisfactoria a una pequeña bebé, hermosa. Tenía tantas ganas de cogerla, palparla, sentir esa conexión que sólo una madre puede experimentar, que tuvo que pedir al médico que se la diera de inmediato. Había recuperado fuerzas tan rápido que parecía no haber estado de parto. La pequeña, acostumbrada a vivir con oscuridad durante casi nueve meses, le extraña ver tanta claridad ese día. Es más, al alzar la vista para ver quién la cogía con tanto amor, fue cuando supo que ella era su mamá, la que la había alimentando y cuidado durante todo este tiempo. Su madre no podía borrar la sonrisa producida por la felicidad tan plena que sentía en esos momentos, que la pequeña copió eso desde entonces. Unos segundos después escuchó una voz que recordaba de haber oído durante mucho tiempo. Era un hombre que le regaló un beso nada más verla, a ella y a su mamá. Entonces comprendió que ese hombre debía ser su papá.
La llamaron Beatriz, sinónimo de alegría.
Creció con sus hermanos, con su familia, con sus amigos. Fue feliz, aprendió los valores fundamentales de la vida, el valor, el respeto... Aprendió sobre una familia fuerte y unida, sobre un padre ejemplar que le animó a amar las matemáticas. Tuvo momentos buenos, momentos malos, pero nunca olvidó esa sonrisa que le regaló su madre el día que nació. Hasta el día de hoy la ha regalado a todos y cada una de las personas que ha conocido, y yo, gracias a Dios o al destino, me la crucé por casualidad. Ahora tiene 24 años y tengo la fortuna de compartir con ella bastantes horas de clase y estudio en la facultad. Y es ahora por lo que veo la vida con otros ojos, con más felicidad. No sé, es como si me hubiera transmitido esa sonrisa, esa manera tan increíble de ser. Y ahora voy regalando la mía a todos los que yo me voy cruzando, no tan bien como ella, pero con empeño por hacerlo lo mejor posible.
Por eso, estas palabras van para ella, para Beatriz. Es como un llamamiento a que nunca lo deje, a que no permita que nada le borre la sonrisa, a que nada termine con esa maravillosa virtud que le enseñó su madre. No es nada fácil encontrar gente así, lo sé y es más, me siento afortunado, pero por eso también hago otro llamamiento a todos los demás, para que pongan de su parte para transmitir su felicidad y ese buen rollo que tenemos cada uno, para que sea mucho más fácil encontrar gente como ella.
Para tí Beatriz, sinónimo de bienestar.
Gracias.
jueves, 20 de octubre de 2011
Breves sucesos de un eterno caminar. Capítulo (3)
Después de poco tiempo sin andar, ya había olvidado cómo se hacía. De hecho, me di cuenta cuando vi que en realidad estaba caminando hacia atrás. Tan poco tardé en percatarme, que ya estaba donde comencé mis andanzas hace unos días. ¡Adiós! dije a un hombre que despedí la otra tarde.
Parecía que había llovido nada ya que el suelo estaba repleto de agua. Mis pisadas ni se marcaban de lo seco que estaba todo y mis botas tenían muchísimo barro. Cruzaba un puente de madera, tan gastada, que sólo quedaban las cuerdas que unían las maderas unas con otras. Iba mirando al suelo y encontré, de casualidad, un anillo que estaba enterrado a un metro bajo tierra. Por suerte había una pala allí al lado. Era precioso, con una especie de piedra preciosa tan grande que apenas se veía. De hecho, no se notaba. No tenía nada de dinero, por eso podían darme algo por él, y así compraría unos billetes de tren caducados para poder viajar la semana pasada a algún sitio inexistente donde encontrar mi casa.
Encontré la tienda donde me darían una fortuna por el anillo por eso se lo di a un chico que estaba en la calle jugando con un globo pinchado. A cambio, él me vendió unas monedas. A un par de manzanas y un plátano de allí, encontré la única cabina telefónica que quedaba inoperativa. Llamé para comprar el billete con el dinero que me había vendido el chico, pero lo introduje sin darme cuenta para hacer la llamada y tuve que pagar con tarjeta. Para colmo, perdí el dinero porque la cabina estaba rota y la tarjeta tenía los números cambiados de orden así que no pude realizar la compra con éxito. Fracaso una vez menos.
Decepcionado, me fui tan rápido que todavía estaba dentro de la cabina. En esos momentos, la chica más guapa del mundo pasó detrás de mí pero el cartel de publicidad era tan pequeño que ni la vi. Salí despacio para tropezar y la joven rió al verme caer. Inmediatamente después, unos dos minutos más tarde, me ayudó a levantarme. Caminamos juntos toda la semana y decidimos ser compañeros de viaje. La chica tenía deficiencias en uno de sus oídos, por eso llevaba un aparatito que no le permitía oír nada. No fue demasiado difícil hablar con ella. He de reconocer que estaba hecho para caminar con alguien, por eso decidí seguir mis andanzas en solitario, como siempre.
Se hacía de noche y las farolas aún estaban encendidas. Eso me permitió poder encontrar un hostal en construcción donde descansar. Me regalaron pasar la noche y en la mejor habitación. Sólo debía pagar el desayuno de la mañana siguiente en el bar de enfrente. Tomé un buen baño caliente en el plato de ducha antes de irme a la cama. Unos minutos antes, ya estaba durmiendo...
Parecía que había llovido nada ya que el suelo estaba repleto de agua. Mis pisadas ni se marcaban de lo seco que estaba todo y mis botas tenían muchísimo barro. Cruzaba un puente de madera, tan gastada, que sólo quedaban las cuerdas que unían las maderas unas con otras. Iba mirando al suelo y encontré, de casualidad, un anillo que estaba enterrado a un metro bajo tierra. Por suerte había una pala allí al lado. Era precioso, con una especie de piedra preciosa tan grande que apenas se veía. De hecho, no se notaba. No tenía nada de dinero, por eso podían darme algo por él, y así compraría unos billetes de tren caducados para poder viajar la semana pasada a algún sitio inexistente donde encontrar mi casa.
Encontré la tienda donde me darían una fortuna por el anillo por eso se lo di a un chico que estaba en la calle jugando con un globo pinchado. A cambio, él me vendió unas monedas. A un par de manzanas y un plátano de allí, encontré la única cabina telefónica que quedaba inoperativa. Llamé para comprar el billete con el dinero que me había vendido el chico, pero lo introduje sin darme cuenta para hacer la llamada y tuve que pagar con tarjeta. Para colmo, perdí el dinero porque la cabina estaba rota y la tarjeta tenía los números cambiados de orden así que no pude realizar la compra con éxito. Fracaso una vez menos.
Decepcionado, me fui tan rápido que todavía estaba dentro de la cabina. En esos momentos, la chica más guapa del mundo pasó detrás de mí pero el cartel de publicidad era tan pequeño que ni la vi. Salí despacio para tropezar y la joven rió al verme caer. Inmediatamente después, unos dos minutos más tarde, me ayudó a levantarme. Caminamos juntos toda la semana y decidimos ser compañeros de viaje. La chica tenía deficiencias en uno de sus oídos, por eso llevaba un aparatito que no le permitía oír nada. No fue demasiado difícil hablar con ella. He de reconocer que estaba hecho para caminar con alguien, por eso decidí seguir mis andanzas en solitario, como siempre.
Se hacía de noche y las farolas aún estaban encendidas. Eso me permitió poder encontrar un hostal en construcción donde descansar. Me regalaron pasar la noche y en la mejor habitación. Sólo debía pagar el desayuno de la mañana siguiente en el bar de enfrente. Tomé un buen baño caliente en el plato de ducha antes de irme a la cama. Unos minutos antes, ya estaba durmiendo...
miércoles, 19 de octubre de 2011
¿Has sonreído hoy?
Sonríele siempre a la vida
Sonríe todos y cada uno de los días de tu vida.
Merece la pena ser feliz.
=)
Historia de una escalera de palabras
Buscaba
algo original
que poder escribir.
Se me ha ocurrido
escribir cada vez una palabra más.
Sé que me he saltado la quinta
por eso la pongo aquí.
Parece un juego de palabras un poco extraño
pero es curioso ya que ellas solas encajan perfectamente.
Parece natural pensar que para terminar esta escalera de palabras
tengamos que ir restando una palabra en cada renglón
y así es como lo vamos a hacer.
Encuentra mapas de palabras desconocidos como este.
Disfruta descubriendo el camino que esconde
porque las frases cuentan historias,
pero no todas igual.
Aquí es diferente.
Por eso,
disfrútala.
martes, 18 de octubre de 2011
El caso cobaya (1)
Menudo escalofrío acababa de tener a pesar de llevar bastante ropa de abrigo puesta y junto con la calefacción de casa. Tomé un buche de agua y en ese momento, me tembló tanto el cuerpo que se cayó la botella de agua que tenía en las manos. Varios de los folios que tenía esparcidos sobre la mesa se mojaron. Yo golpeé la mesa, con tal hastío, que saltaron gotas hacia arriba que fueron a parar a mi cara. Mosqueado me sequé con las mangas y seguidamente cogí dos folios con ambas manos y los alcé al aire dejándolos durante unos momentos que escurrieran, como si de un tendedero se tratase, a la vez que pensaba lo estúpido que era. Llevaba muchas horas delante de tantas palabras que ya se me juntaban unas con otras. Debía haberlo dejado hace horas pero ahí seguí pensando e ideando una buena defensa para el primer juicio de mi carrera como abogado.
Eran documentos sobre el último caso que estaba llevando como abogado defensor. Esa tarde había leído con detenimiento todas y cada una de las leyes que podían defender e inculcar sobre mi cliente y, sinceramente, no lo tenía demasiado claro. Todo parecía indicar que tenía las de perder. Creo que merecía tener un descanso por unos momentos y reflexionar un poco.
Me levante, con bastante cuidado de no pisar todo el agua que había caído al suelo, y fui despacio hacia la cocina. Abrí el frigorífico y estuve pensativo durante unos segundos, mirando Dios sabe dónde. Cogí un refresco de cola, lo abrí, y me dirigí a mi despacho. Era grande, bastante espacioso para lo que tenía ahora mismo. No más de un escritorio con un gran mac de sobremesa que había salido a la venta hacía un mes y que era enorme, al igual que su precio, y una estantería con libros y libros de leyes y algunos de los que me regaló mi padre. Me senté, moví el ratón con insistencia para que desapareciera el protector de pantalla, y abrí mi correo electrónico. Tenía tres mensajes. Dos de ellos eran publicidad y el otro de un destinatario que no conocía. Lo abrí y pude leer:
¡Joder! Me entraron sudores hasta tal punto que tuve que quitarme un poco de ropa. Angustiado, cerré el correo como si no lo hubiera leído aún y me levante cavilando sobre todo eso. La primera cuestión que se me pasaba era ¿por qué? Es decir, el abogado de la otra parte, además de ser uno de los mejores de la comarca, tenía un caso bastante asequible. Y yo, aún no tenía nada. Entonces, es casi seguro que mi cliente pierda, pero porque las leyes así lo tienen escrito. No puedo sacar más de lo que hay. Esto me lleva a que voy a perder y además, va a parecer que lo he hecho intencionadamente para ganar un dinero extra, demasiado extra diría yo. Preocupado, pensé en si debía llamar a alguien. Al bufete de abogados donde trabaja y hablar con mis compañeros era una muy buena idea. Y así lo hice. Con paso acelerado me dirigí al salón y marqué tan deprisa que tuve que volver a marcar con cuidado porque no había tecleado bien los números.
- Buenas tardes. Bufete de abogados Castillo Peralta, dígame. - Respondió Carmen, la secretaria.
- Sí, soy Victor Marín. - Dije con contundencia. - Pásame con la línea cinco, por favor. - Pedí mientras pensaba si era esa la línea de Antonio.
- Un momento señor Victor.
Esperé durante unos segundos mientras escuchaba una melodía de espera.
- Victor, dígame. Me ha dicho Carmen que me buscas. - Dijo Antonio de repente al entrar.
- Sí, he recibido un correo y... - no terminé de decir la frase intentando expresarlo con mucho cuidado, como si me fuera la vida en ello. De hecho, creo que me va en ello. - ... me han ofrecido hacer una mala defensa a mi cliente con el fin de que salga culpable en el caso, y no sé que hacer. - Respondí cada vez con menos fuerza en el habla y empezando a llorar. - Y es que es mi primer caso y no puede ser que empiece así Antonio. Me pueden suspender la abogacía.
- ¡Victor, Victor! ¡Tranquilo! Pásate por mi casa en una hora y hablamos sobre el tema. Me enseñas el correo y pensamos juntos qué podemos hacer. ¿De acuerdo? - Preguntó casi afirmando.
- De acuerdo. Allí estaré. Muchas gracias Antonio, de verdad. Hasta luego.
- Hasta ahora Victor. - Dijo despidiéndose.
1 hora más tarde...
Eran documentos sobre el último caso que estaba llevando como abogado defensor. Esa tarde había leído con detenimiento todas y cada una de las leyes que podían defender e inculcar sobre mi cliente y, sinceramente, no lo tenía demasiado claro. Todo parecía indicar que tenía las de perder. Creo que merecía tener un descanso por unos momentos y reflexionar un poco.
Me levante, con bastante cuidado de no pisar todo el agua que había caído al suelo, y fui despacio hacia la cocina. Abrí el frigorífico y estuve pensativo durante unos segundos, mirando Dios sabe dónde. Cogí un refresco de cola, lo abrí, y me dirigí a mi despacho. Era grande, bastante espacioso para lo que tenía ahora mismo. No más de un escritorio con un gran mac de sobremesa que había salido a la venta hacía un mes y que era enorme, al igual que su precio, y una estantería con libros y libros de leyes y algunos de los que me regaló mi padre. Me senté, moví el ratón con insistencia para que desapareciera el protector de pantalla, y abrí mi correo electrónico. Tenía tres mensajes. Dos de ellos eran publicidad y el otro de un destinatario que no conocía. Lo abrí y pude leer:
Buenas tardes. No puedo decirte quién soy, tampoco es que sea demasiado relevante, aunque es posible, de hecho, más que probable, que deduzcas quién puede escribir estas palabras.
Quiero, queremos, que en el juicio del martes que viene hagas perder a tu cliente. Como recompensa se te dará el doble del dinero que te pagan por salir absuelto tu cliente. Sé que es una suma bastante suculenta por eso debes pensarlo muy bien.
Nadie va a enterarse de esto. Sólo hazlo.
Sin más, me despido con un cordial saludo.
P.D: Deberías borrar este correo, es un consejo de alguien un poco experimentado.
¡Joder! Me entraron sudores hasta tal punto que tuve que quitarme un poco de ropa. Angustiado, cerré el correo como si no lo hubiera leído aún y me levante cavilando sobre todo eso. La primera cuestión que se me pasaba era ¿por qué? Es decir, el abogado de la otra parte, además de ser uno de los mejores de la comarca, tenía un caso bastante asequible. Y yo, aún no tenía nada. Entonces, es casi seguro que mi cliente pierda, pero porque las leyes así lo tienen escrito. No puedo sacar más de lo que hay. Esto me lleva a que voy a perder y además, va a parecer que lo he hecho intencionadamente para ganar un dinero extra, demasiado extra diría yo. Preocupado, pensé en si debía llamar a alguien. Al bufete de abogados donde trabaja y hablar con mis compañeros era una muy buena idea. Y así lo hice. Con paso acelerado me dirigí al salón y marqué tan deprisa que tuve que volver a marcar con cuidado porque no había tecleado bien los números.
- Buenas tardes. Bufete de abogados Castillo Peralta, dígame. - Respondió Carmen, la secretaria.
- Sí, soy Victor Marín. - Dije con contundencia. - Pásame con la línea cinco, por favor. - Pedí mientras pensaba si era esa la línea de Antonio.
- Un momento señor Victor.
Esperé durante unos segundos mientras escuchaba una melodía de espera.
- Victor, dígame. Me ha dicho Carmen que me buscas. - Dijo Antonio de repente al entrar.
- Sí, he recibido un correo y... - no terminé de decir la frase intentando expresarlo con mucho cuidado, como si me fuera la vida en ello. De hecho, creo que me va en ello. - ... me han ofrecido hacer una mala defensa a mi cliente con el fin de que salga culpable en el caso, y no sé que hacer. - Respondí cada vez con menos fuerza en el habla y empezando a llorar. - Y es que es mi primer caso y no puede ser que empiece así Antonio. Me pueden suspender la abogacía.
- ¡Victor, Victor! ¡Tranquilo! Pásate por mi casa en una hora y hablamos sobre el tema. Me enseñas el correo y pensamos juntos qué podemos hacer. ¿De acuerdo? - Preguntó casi afirmando.
- De acuerdo. Allí estaré. Muchas gracias Antonio, de verdad. Hasta luego.
- Hasta ahora Victor. - Dijo despidiéndose.
1 hora más tarde...
13 de abril de 2016. 04.40 a.m.
Corría como nunca antes lo había hecho. Mis desnudos pies apenas notaban como las piedras y las ramas secas que bañaban el suelo del bosque les hacían cortes y heridas al igual que por todo mi cuerpo. Solo llevaba una camiseta, totalmente desgarrada, manchada de sangre y barro. La linterna de mi móvil iluminaba lo necesario para que no chocara con algún tronco o cayera por algún precipicio. El silencio era tan acogedor pero a la vez tan tenebroso que eso aumentaba mi ritmo cardíaco más de lo que ningún corazón humano pudiera resistir en condiciones normales. Pero ahora no tenía tiempo de preocuparme por eso, lo único y exclusivamente necesario era salir con vida a cualquiera que fuese el lugar del planeta Tierra donde estuviera.
martes, 11 de octubre de 2011
Entre puntos y comas.
Encontrar las palabras adecuadas es complicado muchas veces. Sin embargo, perderlas es, quizás, demasiado fácil. Por eso, nunca debes descuidar vocabulario, aparte del sentido léxico y gramatical, en su uso. No es fácil hablar a veces pero hay que hacer el esfuerzo. Piensa siempre lo que daría un mudo por hablar. Y ya no sólo eso, sino también porque te escuchen. Háblale al mundo porque quiere escucharte. Piensa siempre lo que daría un sordo por escucharte. Nunca se olvida una frase bonita, regala palabras a la gente. Por eso, mis palabras de hoy para todos es:
Regala frases a la gente. Es gratis, fácil, diferente y, si encuentras las palabras adecuadas, puede ser inolvidable.
Regala frases a la gente. Es gratis, fácil, diferente y, si encuentras las palabras adecuadas, puede ser inolvidable.
jueves, 6 de octubre de 2011
Exploración de la belleza sentimental mutua.
Brindaron con copas de un cristal tan fino que el sonido del choque puso una silenciosa melodía a esa noche tan perfecta en la que la adornaba ese infinito cielo que separaba la Tierra de lo misterioso. Cinco segundos para saborear ese vino tan caro, diez para saborear sus propios labios. La mezcla del olor del vino, de su discreto perfume y de sus labios carmín hicieron de un momento una eternidad y de su sentimiento una realidad que había estado esperado toda su vida, tanto... que aún ninguno de ellos lo había comprendido. Pasión. Caminaron juntos por el deseo de la mente del otro, por el tacto de la piel del uno y sus corazones vibraron con tanta fuerza que crearon una obra de teatro romántica durante toda la noche. Espectáculo. Alzaron la vista al otro entrelazando sus miradas a la vez que lo hacían sus manos quedando estas enhebradas como lo hace el fino hilo de la vida con la realidad. No había más voz que la del cielo estrellado regalando esas historias que tanto contaron sobre ellas. Cuentos de escritura precisa y trabajada para que un día sus hijos pudieran leer lo que fue la biografía de sus padres. Una fotografía en blanco y negro. Momento pausado para una eternidad, recordada el resto de los días por esa fecha en sus espaldas. Luz tenue de valor incalculable iluminó el fresco sendero que bajaba caminando en solitario la ladera, instando de alguna forma compañía en sus andanzas. Caminaron despacio para así poder sentir la esencia del sendero. Árbol, no despiertes ante el ruido de sus pasos que no son más que huellas que desaparecen al instante. Susurran simplemente una nana para que puedas dormir con tranquilidad y durante muchos años más. Agua. Fluye sin arrepentimiento, estando orgulloso de ser imprescindible. Con cuidado siempre, repartiendo tu ilusión por donde puedas. Se refrescaron sus caras y las dejaron marcadas en el espejo de su soledad. Difuminaron la luna por un instante haciendo que esta bailara nerviosa al no encontrarse la perfección de su sonrisa. Regresó de forma inesperada volviendo para alegrar esa noche tan especial. Incompleto pero eficiente. Su motor estaba apagado, casi oxidado, por el paso del tiempo y de los problemas. Hacía escasas horas encontró un combustible alternativo y con propiedades para un consumo enérgico y con duración ilimitada. La puerta entreabierta dejaba mostrar con disimulo la felicidad del niño que esa noche nacería. Como pianos y violines los susurros de sus voces pedían una infancia como las suyas. Botella de cristal, de corcho desgastado, guardaba los secretos de esa noche y navegará hasta encontrar un puerto donde poder atracar y comenzar la vida de nuevo. Mapas de ficción irreparables que buscan el tesoro que hace unos años escondieron bajo la atenta mirada de la oscuridad. Tesoro de sentimientos y amor mutuo que siempre serán restituidos aún sin haberlo esperado, sin quererlo. Silencio...
martes, 4 de octubre de 2011
Intersecciones Involuntarias Improvisadas e Inexplicables. (3)
Escuchando su programa de radio favorito, David se dirigía en su Volkswagen rojo al trabajo. Puede sentirse afortunado de tener un puesto en uno de los diarios digitales más punteros del momento. Siempre va con prisas, aunque no solía preocuparle demasiado porque tiene un horario flexible y adaptable a sus necesidades propias. Eso quiere decir que si algún día se levantaba a las doce de la mañana porque la noche de antes había tomado alguna copa que otra, podría ir a trabajar más tarde, siempre que hiciera las horas que establecía su contrato. Seis horas, para ser exactos. Ese día tenía antojo de escuchar una canción de esas que le había dado por estar escuchando ahora en todo momento, pero había olvidado el disco en casa. Entonces estaba como loco cambiando de emisora en emisora intentando encontrar que alguna cadena la pusiera en ese mismo instante. Desesperado, siguió intentándolo una y otra vez hasta que en una de esas se distrajo más de la cuenta y chocó con un coche que esperaba que el semáforo cambiara a color verde. Tal fue el susto que hasta el corazón parecía que quería salirse de su pecho. Inmediatamente después se quitó el cinturón y bajó rápidamente del coche a ver si el siniestrado estaba bien y no había sufrido ningún accidente. El coche rompió uno de sus faros y la matrícula quedaba medio colgando, pero el otro conductor, un hombre de unos cincuenta y pocos, con cara de pocos amigos, y a pesar de no haber pasado nada a su coche, le contestó de malas maneras y empezó a insultarle y a gritar que iría a denunciarle. David, nervioso y con las manos que empezaban a sudarle, volvió para montarse y apartar el coche de la calle. Cuando consiguió dejar libre la carretera dejando el coche encima de la cera que había más adelante, buscó por su maletero un juego de herramientas para intentar colocar la matrícula y disponerse a llegar, de una vez, al trabajo. Luego más tarde arreglaría el faro. De todas formas, era de día, y no le haría falta encender las luces. Mientras buscaba una de las llaves del tamaño adecuado, una chica que pasaba por allí, se acercó a preguntar si todo estaba bien y éste le contestó sin apenas mirarla a la cara:
- Sí, muchas gracias señora.
- No, por favor. Eso de señora me hace bastante mayor para la edad que tengo. Llámame Julia. - contestó la chica a la vez que él alzaba la vista a esa preciosa cara.
- Perdóname Julia, no quería ser grosero. - Contestó justificando su respuesta. - Me he distraído con la radio y... Pero estoy bien, nada grave. Terminaré de apretar esto e iré directo a trabajar. Muchas gracias por las molestias.
- De nada... - Contestaba dejando entre ver que no sabía su nombre.
- David.
- De nada, David. Un placer. - Julia siguió su paseo descubriendo la ciudad.
Parecía que ya había apretado bien la matrícula del coche y que no caería. Montó de nuevo y arrancó. Fue cuando pasó al lado de Julia que tuvo la brillante idea de invitarla a cenar.
- Eh... ¡Julia! - Gritó mientras bajaba la ventanilla del copiloto y frenaba. - ¿Te apetece quedar para tomar algo esta tarde? Saldré de trabajar a las... - Miró el reloj y calculó en décimas de segundo su hora de salida. - siete y media aproximadamente.
- ¡Sí! ¿Por qué no? ¿Dónde quedamos? - Preguntó la chica con ahinco.
- Te parece quedar ahí mismo, ¿junto a la rotonda?
- Estupendo, allí estaré a las siete y media. - Dijo regalando una pequeña sonrisa a David.
- ¡Genial! Hasta luego guapa. - Despidió piropeándola.
Aún le quedaban quince minutos para llegar al trabajo. Su sorpresa fue cuando vio que llegaba a su oficina y que había tenido la sensación de que no habían pasado más de dos minutos. Entonces se dio cuenta de que, aparte de que no sabía cómo había llegado hasta allí, había tenido la cabeza en otro sitio. Más que en otro sitio en una mujer, en Julia. No paraba de pensar en Julia y ya esperaba con ansia la llegada de la tarde. Salió del coche, y con paso firme, con su maleta en la mano derecha, y mirando de reojo lo que había conseguido hacerle al Volkswagen por una simple canción, se acercaba a la puerta de entrada. Mientras, él reflexionaba. Gracias a la distracción y al choque, he conocido a Julia. De no ser así, esta tarde habría acabado, como cualquier otra, haciendo pesas en su gimnasio habitual.
- Sí, muchas gracias señora.
- No, por favor. Eso de señora me hace bastante mayor para la edad que tengo. Llámame Julia. - contestó la chica a la vez que él alzaba la vista a esa preciosa cara.
- Perdóname Julia, no quería ser grosero. - Contestó justificando su respuesta. - Me he distraído con la radio y... Pero estoy bien, nada grave. Terminaré de apretar esto e iré directo a trabajar. Muchas gracias por las molestias.
- De nada... - Contestaba dejando entre ver que no sabía su nombre.
- David.
- De nada, David. Un placer. - Julia siguió su paseo descubriendo la ciudad.
Parecía que ya había apretado bien la matrícula del coche y que no caería. Montó de nuevo y arrancó. Fue cuando pasó al lado de Julia que tuvo la brillante idea de invitarla a cenar.
- Eh... ¡Julia! - Gritó mientras bajaba la ventanilla del copiloto y frenaba. - ¿Te apetece quedar para tomar algo esta tarde? Saldré de trabajar a las... - Miró el reloj y calculó en décimas de segundo su hora de salida. - siete y media aproximadamente.
- ¡Sí! ¿Por qué no? ¿Dónde quedamos? - Preguntó la chica con ahinco.
- Te parece quedar ahí mismo, ¿junto a la rotonda?
- Estupendo, allí estaré a las siete y media. - Dijo regalando una pequeña sonrisa a David.
- ¡Genial! Hasta luego guapa. - Despidió piropeándola.
Aún le quedaban quince minutos para llegar al trabajo. Su sorpresa fue cuando vio que llegaba a su oficina y que había tenido la sensación de que no habían pasado más de dos minutos. Entonces se dio cuenta de que, aparte de que no sabía cómo había llegado hasta allí, había tenido la cabeza en otro sitio. Más que en otro sitio en una mujer, en Julia. No paraba de pensar en Julia y ya esperaba con ansia la llegada de la tarde. Salió del coche, y con paso firme, con su maleta en la mano derecha, y mirando de reojo lo que había conseguido hacerle al Volkswagen por una simple canción, se acercaba a la puerta de entrada. Mientras, él reflexionaba. Gracias a la distracción y al choque, he conocido a Julia. De no ser así, esta tarde habría acabado, como cualquier otra, haciendo pesas en su gimnasio habitual.
lunes, 3 de octubre de 2011
Intersecciones Involuntarias Improvisadas e Inexplicables. (2)
- Hola mamá. ¿Cómo estáis? - Respondía al móvil tras oírlo sonar un par de veces y ver que era mi madre la que llamaba. - Tengo ganas ya de volver a veros.
- Hola cariño. Estamos bien. Tu padre como siempre igual de vago y despreocupado pero... - oía la voz de mi padre de fondo quejándose del comentario que acababa de oír. - si no fuera porque me alegra en la cama. - Terminaba mi madre con una carcajada.
- Pero por Dios mamá, ¿qué te han dado hoy? - Pregunté sorprendida de oírla así. Parece mentira que hubiera cambiando tanto en estos últimos años.
- Julia, no seas así que sabes igual que yo que si un hombre no funciona en la cama, por muy bueno y trabajador que sea en la vida diaria, no funciona una relación, y viceversa que es lo que parece que le pasa a tu padre: vago pero todo un fiera. - Seguía bromeando. Ya parece que a mi padre no le molestaban tanto estas palabras. - ¿Y tú cómo estás hija? ¿El viaje ha ido bien?
- Sí mamá. Cinco horas de viaje, un poco pesadas, la verdad, pero merece la pena. Esta ciudad es increíble y la playa ni te cuento. Precioso todo, me encanta Bilbao. - Relataba a mi madre con cierto entusiasmo. - Me hospedo en un hotel que tiene vistas a la playa. Una paz y tranquilidad que necesitaba.
- Pues sí Julia. Trabajas demasiado y ya era hora de que decidieras hacer un viaje. Creo, como intuición de madre, que te va a ayudar que te fueras sola al final.
- Sabes que si por mi fuera no me hubiera venido sola. - Corté a mi madre de repente y un poco mosqueada. - Pero tenía los billetes comprados y Carla no pensaba, ni mucho menos, que la operarían precisamente esta semana que se iba a venir aquí. Pero bueno, era una pena ya que estaba todo gastado de perderlo. Así que, aquí me tienes, a la aventura y a ver si conozco algún hombretón que me quite las penas, mamá. - Reíamos a la vez.
- Claro que sí hija. Seguro que conoces a algún extranjero, pero nada de novios del norte que son muy bastos, ¿de acuerdo? - Preguntaba casi imponiendo.
- Bueno mamá, voy a dejarte que se me acaba la batería. Te llamaré mañana a lo largo de la tarde. - Dije a mi madre antes de colgar. - Un beso para los dos. ¡Os quiero!
- Adiós hija, hasta mañana. Pásalo bien y ten cuidado. Un beso. - Termino mi madre colgando.
Guardé el móvil en el bolso y encontré aquella tontería que compré en la estación hacía unas horas. Lo vi en una librería que había por allí y, sinceramente, prefería comprar eso a cualquier revista absurda del corazón. Era un diario. Una gilipollez de niña pequeña, pero me había apetecido, no sé. Creo que sería interesante ir escribiendo las aventuras diarias de las vacaciones y luego poder contarle todo, con todo lujo de detalles, a mi amiga Carla. Era de cuero negro, y por eso me costó algo cara. Pero bueno, quizá era el comienzo de una escritora empedernida. Reí para mis adentros dejando mostrar una pequeña sonrisa en mi cara.
Y bueno que mejor que empezar a escribir ahora mismo, aquí delante de esta preciosa playa. Me encanta este olor y poder respirar aire fresco. Qué mejor que esa frase para comenzar la introducción de lo que será un diario improvisado. Así que comencé a escribir:
Me encanta este olor y poder respirar aire fresco, por fin...
- Hola cariño. Estamos bien. Tu padre como siempre igual de vago y despreocupado pero... - oía la voz de mi padre de fondo quejándose del comentario que acababa de oír. - si no fuera porque me alegra en la cama. - Terminaba mi madre con una carcajada.
- Pero por Dios mamá, ¿qué te han dado hoy? - Pregunté sorprendida de oírla así. Parece mentira que hubiera cambiando tanto en estos últimos años.
- Julia, no seas así que sabes igual que yo que si un hombre no funciona en la cama, por muy bueno y trabajador que sea en la vida diaria, no funciona una relación, y viceversa que es lo que parece que le pasa a tu padre: vago pero todo un fiera. - Seguía bromeando. Ya parece que a mi padre no le molestaban tanto estas palabras. - ¿Y tú cómo estás hija? ¿El viaje ha ido bien?
- Sí mamá. Cinco horas de viaje, un poco pesadas, la verdad, pero merece la pena. Esta ciudad es increíble y la playa ni te cuento. Precioso todo, me encanta Bilbao. - Relataba a mi madre con cierto entusiasmo. - Me hospedo en un hotel que tiene vistas a la playa. Una paz y tranquilidad que necesitaba.
- Pues sí Julia. Trabajas demasiado y ya era hora de que decidieras hacer un viaje. Creo, como intuición de madre, que te va a ayudar que te fueras sola al final.
- Sabes que si por mi fuera no me hubiera venido sola. - Corté a mi madre de repente y un poco mosqueada. - Pero tenía los billetes comprados y Carla no pensaba, ni mucho menos, que la operarían precisamente esta semana que se iba a venir aquí. Pero bueno, era una pena ya que estaba todo gastado de perderlo. Así que, aquí me tienes, a la aventura y a ver si conozco algún hombretón que me quite las penas, mamá. - Reíamos a la vez.
- Claro que sí hija. Seguro que conoces a algún extranjero, pero nada de novios del norte que son muy bastos, ¿de acuerdo? - Preguntaba casi imponiendo.
- Bueno mamá, voy a dejarte que se me acaba la batería. Te llamaré mañana a lo largo de la tarde. - Dije a mi madre antes de colgar. - Un beso para los dos. ¡Os quiero!
- Adiós hija, hasta mañana. Pásalo bien y ten cuidado. Un beso. - Termino mi madre colgando.
Guardé el móvil en el bolso y encontré aquella tontería que compré en la estación hacía unas horas. Lo vi en una librería que había por allí y, sinceramente, prefería comprar eso a cualquier revista absurda del corazón. Era un diario. Una gilipollez de niña pequeña, pero me había apetecido, no sé. Creo que sería interesante ir escribiendo las aventuras diarias de las vacaciones y luego poder contarle todo, con todo lujo de detalles, a mi amiga Carla. Era de cuero negro, y por eso me costó algo cara. Pero bueno, quizá era el comienzo de una escritora empedernida. Reí para mis adentros dejando mostrar una pequeña sonrisa en mi cara.
Y bueno que mejor que empezar a escribir ahora mismo, aquí delante de esta preciosa playa. Me encanta este olor y poder respirar aire fresco. Qué mejor que esa frase para comenzar la introducción de lo que será un diario improvisado. Así que comencé a escribir:
Me encanta este olor y poder respirar aire fresco, por fin...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





