Hacía una temperatura agradable esa tarde a pesar de estar aún en la estación de invierno. Un cielo cubierto parcialmente por unas nubes en tonos grisáceos no permitía ver más que un puñado de estrellas contaminadas por el humo oscuro que salía de las chimeneas de varias casas de las calles próximas. Las farolas de la gran plaza de la ciudad daban aún más cobijo a las personas que se agolpaban impacientes ante las puertas del Teatro Central, a la espera de poder entrar para ver el espectáculo de uno de los directores de teatro más conocidos del país.
Varias mujeres que podrían rondar los cincuenta años chismorreaban de otro grupo de mujeres cercanas, en ocasiones con un tono de voz demasiado alto como para poder escuchar lo que decían. Una madre ordenando constantemente a sus hijos a guardar la compostura en la fila mientras su marido, con bigote canoso y una vestimenta bastante cara para la ocasión, fumaba un gran puro cubano impasible a la actitud de sus hijos. Casi al final de la fila y recién llegados un grupo de unos diez jóvenes, a juzgar por su forma de hablar, del barrio de San Cristobal Apostol. Hablaban y reían de manera un tanto exagerada haciendo que muchas de las personas presentes miraran con ojos incrédulos. Alguna pareja abrazada y un niño bebiendo agua de una fuente cercana. Y más de un presente miraba su reloj cada cinco minutos impaciente por la apertura de puertas, se diría que más por tomar asiento que por ver la función.
La fachada del Teatro Central era bella se mirara por donde se mirara. Una enorme puerta de madera de nogal adornada con varios metales puntiagudos y unas inscripciones en color dorado en cada una de las puertas. En la puerta de la izquierda una T, en la otra una C, ambas caligráficas. La puerta estaba flanqueada por dos columnas de piedra arenisca, áspera al tacto, desgastada por el paso del tiempo y de tono marrón. En el lado derecho las taquillas cerradas porque todos los asientos se habían vendido por adelantado hacía ya un mes. En el lado izquierdo un cartel medio roto que casi permitía leer el nombre del espectáculo que esa noche tendría lugar. El resto de la fachada era de ladrillo y piedra, con ventanas pequeñas, algunas de las que salía luz, otras cerradas con cortinas rojas.
El chasquido de la cerradura de la puerta del Teatro Central se oyó abrirse. La multitud se agrupó impaciente y comenzaron a entrar de una manera ordenada enseñando cada uno de ellos su billete. Asiento número 43, se oía pronunciar al revisor.
Una vez dentro, a pesar de que la mayoría de ellos ya había acudido al Teatro Central más de una vez, quedaban asombrados por esas maravillosas lámparas colgantes de ese techo tan alto. En las paredes, farolillos de carbón antiguos hacían imaginarse la iluminación de hacía varios siglos atrás, dándole un aspecto un poco más antiguo al lugar. Abajo, un enorme escenario oculto tras unas cortinas de terciopelo rojo oscuro, con las letras T y C enormes, cosidas a mano con hilo dorado. Enfrente del escenario, numerosas filas de asientos que estaban siendo ocupados por los espectadores. Los murmullos se intensificaban con la entrada de más personas y los actores tras el telón ensayaban unas últimas frases, todos ellos ya con las vestimentas pertinentes.
Todos sentados. La luz comenzó a bajar su intensidad indicando que la función estaba a punto de dar comienzo. Las voces fueron tornándose a silencio y se hizo la oscuridad. Tan sólo un foco proveniente de la parte de atrás iluminaba el centro de las cortinas, T.C. El telón comenzó a abrirse y se iluminó el escenario poco a poco. Comienza la función. Comienza el Marqués de Villarrobledo.
En escena, una mujer preciosa, de pelo castaño y con una enorme trenza hacia su pecho izquierdo. Con ropa de andar por casa y sentada en una de las cuatro sillas que había junto a una mesa miraba hacia un punto fijo sin parpadear siquiera, como pensativa, a la vez que movía exageradamente su pierna cruzada. Daba aspecto de estar preocupada. A su alrededor, un escenario lleno de atrezo simulando su estancia en un patio interior de alguna casa: plantas, una fuente pequeña... Es posible que fuera la casa del Marqués y ella su mujer.
- ¡Catalina! - pronunció de repente, sobresaltando a algún pequeño que no se lo esperaba. - ¿¡Catalina...!? - gritó una vez más.
- ¡Sí, mi señora! - contestó la sirvienta a la vez que entraba en escena por uno de los laterales, vestida con un ropaje blanco y negro y con un plumero en sus manos.
[ Continuará... ]
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