jueves, 28 de julio de 2011

Breves sucesos de un eterno caminar. Capítulo (1)

Camino descalzo con mis zapatos nuevos. Escucho aquella canción que nunca oí y que nunca oiré. Observo a lo lejos un cercano personaje invisible. Lo llamo en silencio y le susurro que me acompañe. Hablo con él, o con ella, mientras continúo mis andanzas por aquellas tierras inexistentes. Me cuenta sobre todo y sobre nada durante un larguísimo breve instante. Habíamos llegado a su lujosa cabaña construida con ramas secas, mojadas por las recientes lluvias torrenciales de este caluroso verano, y debía abandonarme. Me invita a entrar, pero niego, debo proseguir mi aventura. Pronto tendré que coger un tren.


Después de quince, y antes de diez, minutos de seguir mi camino encuentro un río vacío, repleto de peces de colores, y en el que se refleja el inmenso sol de media noche. Está rodeado de un majestuoso pinar que me 
ofrece gran cantidad de manzanas instando a coger algunas de ellas. 


Continúo. Ya se ven barcos a lo lejos, eso significa que estoy cerca del aeropuerto. El próximo tren saldrá a las siete en punto de la mañana de ayer, así que debo darme prisa si no quiero cogerlo a tiempo.


Ya estoy sentado en mi asiento. Se oye decir por el megáfono: tren sin destino, va a efectuar su salida. He comprado el billete para bajarme en la última parada, ya sea donde sea, y continuaré mi camino. Me espera un viaje corto, así que cogeré mi libro y empezaré a escribir esa obra que nunca acabo.


Me quedo despierto durante un rato. Despierto por los llantos de una niña. Es una chica alegre que hay sentada frente a mí que, al parecer, viaja sola. 


- ¿Qué te ocurre? - Le pregunto.


Ella me responde que quiere comer algo que no sea fruta, una manzana por ejemplo. Dichosa casualidad, que encontré un pinar repleto de manzanas rojas. Le ofrecí un par de ellas y la pequeña niña de unos ocho años de edad, con el pelo largo y rubio, ojos claros como el carbón y más alta que yo, dejó de llorar.


Cansado de escribir, cojo mi blog de dibujos y pintaré el maravilloso paisaje que me ofrece la tenebrosa oscuridad de la noche. Ya estoy cerca de mi destino.


El tren para. Fin de trayecto. Debo bajar.


Bajo mientras observo el cartel de bienvenida que hay frente a la puerta. Veo a lo lejos una especie de hotel. Me dirijo hacia allí para tomar un café. Estoy en un lugar de enormes calles, vacías y tranquilas, en las que se puede escuchar el ruido del tráfico y los murmullos de la gente. Un pacífico caos parece esto.


Entro al hotel y voy para la cafetería. Está vacía. Me siento en la única silla que queda libre y pido un café. La mujer que hay frente a mí, unos veinti-tantos, me mira sacar el callejero de la ciudad, preguntándome qué buscaba. Le contesto que nada y ella, sin esperarlo, me indica donde se encuentra. Me dice que hay poco que ver, pero que merece la pena visitarlo. Tomo el café tranquilamente, oyendo la música de un tocadiscos roto que no suena, y me marcho, despidiéndome de aquella amable mujer que nunca vi.


De camino a ese lugar, veo un perro que comienza a maullar asustando a un gato que se aleja ladrando. Pájaros que nadan por las aguas del cielo. Un cantautor, inventando algunas canciones conocidas. O algunos vagabundos dando limosna a los que más lo necesitan. Es un lugar digno de ser reconocido. Pocos lugares he visto así.


He llegado, y parece ser esto. Pero…aquí no hay nada, ni tan siquiera un banco donde sentarme a descansar. 
¡Maldita mujer! Me ha decepcionado. Me dijo que era digno de ver. Estoy cansado, me sentaré ahí mismo, en ese banco de enfrente, junto a ese maravilloso árbol. Desde ahí podré ver esa majestuosa fuente que adorna todo el jardín. Todo verde, flores de colores llamativos y un dulce cantar de los pájaros peregrinos procedentes del sur. Me quedo dormido…

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