Por fin. Después de casi un milenio se me antojaba, incluso, corta la espera. Además, debo admitir que, dudé si lo que realmente tenía en mis manos era eso que tanto había ansiado en la vida o era un simple espejismo de irrealidad llevado allí por un irremediable deseo interno propio por experimentarlo antes de morir, a pesar de mi extremada juventud. En mis manos, la única entrada recién picada que daba la exquisita posibilidad de sentirla, con suerte incluso de conocerla, a Quien ya sabéis.
A escasos metros, al fin, mis ojos se llenaban de grandeza al observar el majestuoso y enorme portal que daba ingreso a ese mundo desconocido hasta el momento para mí. Ya, por pocos momentos. Tan sólo conocía sobre ella las fábulas de aquellos que nunca habían tenido posibilidad de entrar así como las deseosas plegarias de aquellos que tuvieron oportunidad de conocer a Quien ya sabéis y que nunca más podrán volver a conocer.
Dos Guardianes de Orym, con su característica forma de mirar y sus inexpresivas caras, retenían el umbral de la forma más sutil y elegante que cualquier mortal pudiera hacerlo. No había alma alguna que pudiera atravesar las puertas sin un billete como el que tenía en mis manos. No era un billete cualquiera. Tenía una forma rectangular, del metal más precioso que existía en el universo; se ha llegado ha decir que está hecho de polvo lunar junto con hojas molidas del Sauce de Phîerland bañadas con la magia más perfecta y poderosa que cualquier objeto pudiera tener jamás. Ya sabéis que no se gana de cualquier forma, que tu posición social es bastante influyente en ese sentido. Es por eso que me alegro de tener sangre Hwof entre mis venas. Aunque, a pesar de ello, era el segundo en mi linaje que se le daba la oportunidad de entrar. El primero fue el bisabuelo de mi abuelo paterno, hace quizás ya quince ciclos estelares.
Siete de mis trece sentidos se encontraban como nunca los había visto, impacientes. Un cúmulo de sensaciones que hacían como si madurara mentalmente a velocidades intangibles para cualquier estudioso de la física mental. Si hubiera vendido mi cerebro en esos momentos quizás me habría ganado la fortuna más grande de la comarca, superando incluso a la del Rey de Gonderth, aunque sólo los desesperados y al filo de la muerte son capaces de vender su mente por un par de años más. Permitidme alardear un poco, pero gané dos sentidos más por cinco minutos de espera: Escudo de fortaleza y Espera de dimensión doce, no sé si conocéis el primero de ellos.
Quien ya sabéis se encontraba al otro lado del portal. Siempre me he imaginado cómo es ella: ojos de magia exuberante, con unos labios de una delicadeza parecida a las raíces de la Flor Diamante, probablemente con la piel más tersa del universo y con una temperatura exacta, irradiando sensualidad y belleza. Con curvas perfectas y unos senos voluminosos. Su voz, según me han contado experimentados, fluirá de manera óptima e ideal por mis oídos, mezclando así su melodía interior con la mía, totalmente inexperta e inocente a simple vista.
Estaba ansioso por sentirla, por palparla si fuera posible. Acariciar a Quien ya sabéis siempre fue mi mayor deseo, y el no poder pronunciar ni tan siquiera su nombre, hacía que mi mal humor fluyera de vez en cuando. Por eso lo susurro en mi mente cada vez que puedo, cada vez que he necesitado encontrar esa paz y sosiego interior.
De repente, una melodía comenzó a fluir del interior de uno de los guardianes. Por un instante casi tiro la brillante entrada al suelo, al sentir un movimiento extraño en ella. Miré sobresaltado y observé cómo las palabras que se podían oír, iban grabándose con una perfecta caligrafía grémila. Entonces comprendí que la espera llegó a su fin y que el camino hacia lo desconocido se terminaba. En un abrir y cerrar de ojos, un destello cegador hizo el silencio más silencioso que nunca pudierais oír y como si unos brazos salieran del portal acariciaron mi cuerpo con delicadeza llevándome así al interior del Mundo de... Quien ya sabéis.
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