Entonces desperté. Mis ojos enmudecieron al observar una extensa llanura bañada por infinitas tonalidades de verde mezcladas con pinceladas de violeta y rojo, haciéndome identificar rápidamente que estaba en las tierras de Zârh. De alguna forma me había imaginado esta estampa, pero ni mucho menos habría imaginado la extremada belleza que llegaba a tener aquel inmenso paisaje.
Un lago, con aguas cristalinas, lleno de especies marinas de todos los puntos cardinales de la galaxia. Desde Tortugas de la isla de Ankers, Peces Romn con su increíble piel trasparente haciendo ver el latir de sus tres corazones, tres Luciérnagas Marinas de Luxem, que ya sabéis que hay tan sólo cinco en todo el universo y las dos que faltaban supongo que estarían en manos de su creador, e incluso pude ver enormes Bicefalópodos Nectaries haciendo su dulce trabajo de recolección del néctar marino del cuál sale más tarde un exquisito licor que puedes tomar en las mejores tabernas de la ciudad.
A los alrededores del lago había también bastante variedad de especies animales terrestres. No me voy a parar a enumerarlas, quizás en otro momento. Pero, sin lugar a dudas, los que más me impactaron fueron el Centauro Blanco y la Aracknite Viudae con sus espeluznantes y velludas patas hilando esa seda tan fina y delicada.
Aún tumbado en el suelo observé el sendero que comenzaba a escasos metros y que llevaba, supuse, al hogar de Quien ya sabéis, hija de Zârh, Dios de la belleza extrema, y poseedor de todas esas maravillosas tierras y de Dianne la hija de Phonnas, Dios de la voz perfecta. Entonces con decisión me levanté, aún tembloroso por estar donde estaba, y pude decir en alto de una vez por todas lo que podéis imaginaros.
- "Al fin voy a conocerte, ¡Diaphònicae Zârh!"Entonces un escalofrío, casi gélido pero agradable, recorrió mi cuerpo entero y todas las aves hasta entonces ocultas en la maleza echaron a volar haciendo aún más precioso el cielo azulado. El no haber oído nunca ese nombre salir de mi boca me resultó hasta extraña su pronunciación. Ya sabemos qué les pasa a los hombres si dicen su nombre fuera del Mundo de Quien ya sabéis.
Andaba, si os soy sincero, con paso acelerado. En ocasiones hasta corría para acortar al tiempo. Tenía unas ganas inmensas, que casi no se pueden expresar con palabras, de conocerla, de ver su ojos oscuros al día y claros a la luz de la luna de invierno, tocar su piel perfecta para ganar no solo placer sino un sentido al tacto más fino que el que poseo, sentirla entre mis manos y poder así transmitirle todo lo que sentía, poder hablarle y amarla de una vez por todas aunque solo fuera durante un tiempo limitado. Tiempo que se me hizo bastante corto, por cierto.
Ya podían oírse los cantos de las doncellas de palacio. Deben cantar todos y cada uno de los días del ciclo estelar de Unnu. Tan sólo se les permite el silencio cuando la hija de Zârh descansa o los días que la luna y el sol conviven en el mismo cielo. Jardines con flores perfectas, pétalos definidos y con formas geométricas inigualables, fuentes de agua salada, columnas con los bustos de todas las Diosas de la era pasada, talladas en diamante de las Cuevas de Wharow, característico por su color cian producido por los pigmentos que suelta la piedra cianhídrica de allí. Mis pasos parecían cada vez más acompasados y armónicos. La perfección se contagiaba en mi persona y mi mente iba madurando sin percatarme de ello. ¡Ah! Olvidé mencionarlo. Yo estaba totalmente desnudo. Al parecer, según me han comentado más tarde, es un insulto y una deshonra andar cubierto por las tierras de Zârh, y más a los visitantes a Quien ya sabéis.
Entonces, allí estaba ella, sentada a lomos de un Pegaso atractivo y robusto, y de alas prominentes, que se paseaba con la misma dulzura con la que ella respiraba, con la que ella parpadeaba. Me vio y comenzó a acercarse, sin meditarlo. Paré, sin quererlo, analizando esa inolvidable situación. Comenzó a hablar en una lengua que no había oído jamás, algo parecida a la grémila, y que sin embargo estaba comprendiendo en su totalidad.
- "Ikum swreév da Zhârie l'huomus. Reì dialektiae aquo dia t'evol da ma".Me dio la bienvenida a las tierras de Zhâr, refiriéndose a mí como pequeño hombre hermoso, y antes de bajarse incluso del Pegaso, ya me estaba concediendo su cuerpo entero, a mi libre albedrío, haciéndome ver que maduraría de forma lo más placentera que un hombre pueda hacerlo jamás, entonces le contesté: Mi cuerpo es tuyo. Mi deseo por sentirte ha terminado, haz que fluya por tí.
- "Diaphònicae Zhâr, ma tvnia da ta. Ma phèrle squomtu twopt, ma Diaphònicae Zhâr te dakvr noc oedes, ma".
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