viernes, 6 de abril de 2012

Una escena inesperada.

Lea antes: 1. El gran Teatro Central

     En escena el Marqués de Villarrobledo, Don Diego, junto con sus dos hermanos más jovenes que él y su humilde criado Casildo. Se dirigían por el bosque a una taberna del pueblo. Portaban unas lámparas que iluminaban levemente el escenario. Detrás de ellos varios árboles dibujados sobre el fondo de tela que había sido cambiado ya en varias ocasiones. El Marqués portaba unas ropas increiblemente talladas. Además, su figura esbelta le hacía ser aún más atractivo como personaje. Su espada enfundada y atada a su cintura habría sido creada por algún experto herrero del país, era más bella que el propio espectáculo que se estaba llevando a cabo. Los hermanos no llevaban más que algún cuchillo guardado, pero también con ropas refinadas. Sin embargo, Casildo simbolizaba despectivamente todo lo contrario a su amo.

     Siguieron hablando largo rato sobre temas de la nobleza, parados en medio de la nada. De repente se dirigieron a las escaleras centrales del escenario, las que daban hacia el patio de butacas. Para el asombro de todos, la sala comenzaba a convertirse en el nuevo escenario. El pasillo entre las butacas simularía entonces el camino hacia la taberna, aprovechando de esa forma la oportunidad para cambiar el atrezo del escenario y convertirlo en la barra de una taberna de la ciudad. Entonces se cerró el telón tras ellos y caminaron entre las butacas. La iluminación se volvió verde en sus cabezas y los efectos del sonido de algún buho simulaba la noche en el bosque.

     - Sólo su padre es capaz de plantar cara a ese mal nacido. - continuó hablando en voz áspera y vieja el Marqués - Si no quiere perder ni sus tierras ni su mujer, debiére cortarle la cabeza sin miramientos. - Dijo haciendo el gesto con sus brazos como una guillotina.
     - Dios misericordioso, - dijo Casildo a la vez que miraba al cielo - quién osa a acostarse con su propia madre.
     - Si eso mismo me pasara con mi hijo, yo mismo lo ahorcaría con mis propias manos delante de todo el pueblo de Villarrobledo. - explicó bastante serio uno de los hermanos.

     De pronto, un espectador que veía la función desde el comienzo, gritó: ¿Quién anda el camino en horas tan oscuras? Seguido de varias risas de diferentes puntos del patio de butacas, comenzaron a levantarse varios espectadores. Cinco, para ser exactos. Sacaron sus espadas y apuntaron a los cuatro protagonistas que se encontraban rodeados de todos ellos sin poder dar paso alguno.

     - Hablas con el Marqués de Villarrobledo y sus hermanos. Sigan su camino de vuelta y aquí no pasará nada. - comentó Don Diego.
     - Hablas con el Marqués de Villarrobledo, - hizo en tono de burla el supuesto cabecilla. - Bla bla bla - continuo acabando con unas risas de los demás bándalos.
     - ¡Qué mejor que encontrarse un Marqués con sus bolsillos llenos de monedas! - dijo en tono elevado uno de ellos.
     - Tengo los bolsillos llenos de monedas - contestó palpando la chaqueta y produciendo el sonido de las monedas al chocar. - y el alma llena de furia.

     Entonces desembainó su espada de una manera tan rápida que la clavó en su pecho, gritando ese de dolor a la vez que caía al suelo, en mitad del pasillo. Cada uno de sus hermanos, a una velocidad casi imperceptibles, sacaron sus cuchillos de no se sabe dónde y lo pusieron en los cuellos de dos de ellos. Ya tenían desde pequeños una frase preparada para ocasiones así: el alma llena de furia. Sabían que cuando uno lo dijera, debían atacar sin miramientos. Quedaron dos, el supuesto jefe y uno más. El cabecilla cogió a Casildo por el brazó y puso su espada al cuello. El otro, salió corriendo hacia el telón y se metió tras él, saliendo de la escena.

     - Ahora amigo, vas a soltar tu espada. Me la darás junto con todo el oro que has robado por ahí y me beberé el mejor vino que encuentre en la taberna mientras mis hermanos te cortan los dedos, uno a uno y despacio, para que aprendas que no está bien robar, y menos a mí.

     El bándalo soltó a Casildo, pegándole un empujó hacia ellos y comenzó a correr por la sala en dirección al telón, mirando en varias ocasiones hacia atrás. La gente aplaudió y rió, animándose al ver aquello. La alegría de humillar a un ladrón les hacía felices, y mucho más ahora que hace varias semanas que se robaba en la ciudad y que no se habían dado con ellos.

     Siguieron caminando, comentando lo ocurrido, y bordearon todas las butacas dirigiéndose de nuevo al escenario. Estaban llegando cuando comenzó a abrirse el telón y apareció la taberna. Entraron saludando abiertamente al tabernero y se sentaron en una de las tres mesas que había, pidiendo unas jarras de cerveza.

     - Unas jarras de cervezas, de la más fría que puedas tener. - Pidió uno de los hermanos.
     - Ahora mismo - contestó el tabernero a la vez que se disponía a servirlas del mejor barríl de cerveza que disponía, al ver que era el mismísimo Don Diego Marqués de Villarrobledo. - ¿Van a querer algo de cenar? Invita la casa. Tengo el mejor cocido que puedan probar en toda la comarca. - propuso con una sonrisa que se estropeaba por esos dientes tan desordenados.
     - Gracias amigo. Tomaremos unas cuantas cervezas y volveremos a la casona. Mañana partimos temprano a la corte del rey.

     La escena continuó. Bebieron un largo rato mientras las conversaciones no cesaban y algunos clientes que entraban. Alguno de ellos conocía al Marqués, saludándolo con una reverencia formal al entrar y verlo allí sentado.

     Entro en escena un cliente más. Subió las escaleras centrales desde el patio de butacas. Los actores pusieron todos cara extraña, mirandose unos a otros, como si no lo conocieran. El desconocido se quedó mirando al Marqués fijamente a los ojos, pero no hubo palabra alguna. Un silencio sepulcral rodeaba la escena, dándole aún más tensión a la obra. De pronto, Don Diego se levantó al reconocerlo y empezó a correr hacia uno de los laterales del escenario. Entonces, sin esperarlo, el desconocido sacó una pistola que tenía escondida, apuntó a la cabeza del Marqués desde lejos, y a pesar de que ya se encontraba el protagonista en una zona oscura que apenas se veía, apretó el gatillo sin miramientos y acertó de lleno en su cabeza. El estruendo del disparo inesperado, hizo gritar a más de una persona en la sala. El golpe del cuerpo al caer en el escenario, a la vez que salía sangre de su cabeza, levantó el pánico de todas las personas que estaban en las primeras filas, junto con los demás actores. Todos salieron despavoridos, aterrados al ver aquella macabra escena. El desconocido aprovechó el desconcierto para perderse. Sólo los protagonistas que estaban en escena vieron su cara, la cara del asesino de ese actor que apareció de la nada y puso fin a la función de la peor forma que lo habían hecho jamás en el mundo entero.

     El inspector jefe de policía de la ciudad se encontraba viendo la función como un mero espectador más. Entonces, con la sangre fría que caracterizaba a ese hombre gritó: Que todo el mundo guarde la calma. Que no salga nadie de aquí sino quiere recibir un disparo. La suerte de estar sentado cerca de la entrada principal hizo que de un salto se levantara y flanqueara la puerta a punta de pistola. La gente horrorizada comenzó a gritar. Los llantos de los niños y las mujeres se unía la ira de los hombres que hacía escasos momentos veían la obra de teatro. El inspector, nervioso, no  paraba de apuntar a un lado y a otro, intentando visualizar a ese desconocido. Sólo podía ver miedo y terror en sus caras. Sabía que estaba poniendo en peligro la vida de muchas personas, pero si la suerte jugaba de su parte esa noche daría con ese asesino, que estaba en la sala. Es más, su intuición experta le decía que el hecho de haber disparado tan sólo una vez y el actor estar tan lejos sólo podía significar o que era un experto tirador o que sólo tenía una sola bala. Apostó por lo segundo.

     Aquí daría comienzo la función para el inspector jefe de policía de la ciudad.

[Continuará.]

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