Capítulo 1: Toda historia tiene un comienzo.
Australia seguía siendo esa isla tan inmensa y repleta de llanuras de bosque, con montañas de piedra y roca volcánica, donde criaturas salvajes se daban cobijo entre matorrales, árboles autóctonos y cuevas subterráneas con el único fin de sobrevivir, con el único placer, si es que así podía decirse, de hacer de su vida un esfuerzo por la supervivencia en esa tierra tan peligrosa, a la par de misteriosa, como era Australia.
Will sabía que la primavera había llegado. Los árboles comenzaban a florecer, el tiempo era más agradable y los animales comenzaban a aparearse. Y aunque aún no fuera mayor de edad, ya sabía de qué iba el tema de aparearse. Hacía entonces, aproximadamente, cinco años de su nacimiento y ese día al despertar recordó ese momento al caerle sobre su bello hocico una flor blanca del ciruelo bajo el que dormía.
Will era un caballo salvaje, quizás de los más bellos que habrían nacido en los últimos tiempos por esas tierras. Su cuerpo entero cubierto con pelaje negro oscuro le hacía aún más salvaje, y su melena larga unida a su mediana estatura le daban un aspecto robusto y jovial.
Caminaba despacio con dirección un lago cercano. Seguía el sendero por el que tantas veces había andado esta última temporada, aunque hoy era su última vez. La llegada del buen tiempo le animaba a viajar hacia la costa, donde encontraba alimento más fresco y rico que en el interior, además de que está más a salvo de los peligros del bosque. Por eso, una vez se refrescó y bebió de ese agua tan fresca y limpia que tenía el lago, puso rumbo a la playa del oeste que era la más cercana desde su posición.
Con suerte atravesaría Río Grande al medio día, haciendo un alto para alimentarse y reponer fuerzas. A continuación descansaría varios minutos y proseguiría con su camino, esta vez al trote atravesando las llanuras desiertas de Canguros, para poder llegar antes del anochecer a la playa.
Escuchaba el aleteo de una bandada de aves que atravesaba el cielo en esos momentos y miró hacia arriba sin recordar que aún estaba en el interior del bosque y le era imposible ver el cielo debido a la gran altura y densidad de las copas de los árboles. Debían ser cigüeñas u otra especie de gran tamaño debido al fuerte sonido que producían sus alas. Su sorpresa fue al encontrar un pequeño koala, de color grisáceo, abrazado a la copa del árbol. Hacía tiempo que no veía alguno. Siempre le hizo gracia esa nariz tan grande y negra que tenían, en contraste con su pelaje más claro, e hizo un relincho de alegría asustándolo.
- Perdón, no quise asustarle, señor koala - comentó Will seguidamente - ¿Podría decirme usted, que ve el cielo más cerca que yo, qué pájaros son esos que nos sobrevuelan? - Preguntó intrigado por saber si eran las cigüeñas que también iban hacia la costa.
- ¿Cuál es tu nombre, caballo? - dijo el koala con un tono de voz serio y con cara de pocos amigos. - Will esperó por si decía algo más.
- Mi nombre es Will, señor koala - contestó decepcionado -. No pretendía asustarle, discúlpeme.
- Will... -dijo con la boca llena de hojas de eucalipto -. Sí, son cigüeñas - afirmó una vez que dirigió su mirada hacia arriba lentamente, como si el tiempo fuera más lento para él -
El koala continuó en su afán por comer hojas de eucalipto sin decir ni una palabra lo que provocó que Will se marchara con un mal sabor de boca. A pesar de su bravura y vigor, era un caballo amable y feliz, y no estaba acostumbrado a ser despreciado tan a menudo. Así que esa actitud del koala hizo que le afectara en su estado de ánimo volviéndolo triste y cabizbajo mientras retomaba su camino.
Will hacía uso de su buena memoria para llegar hasta la playa. Se fijaba en pequeños detalles que iba encontrando para luego poder guiarse con más facilidad a todos los sitios; podrían ser desde la posición en que estaban puestas ciertas rocas, marcas en los troncos de los árboles, las madrigueras de algunos animales terrestres... Si su memoria no le fallaba, estaba apunto de dar salida al pie de la montaña Río Grande.
Y así fue, atravesó esa capa de vida verde que separaba la montaña del interior del bosque y se encontró, tan bello como siempre, Río Grande. Se alzaba majestuosa al cielo, casi llegando a tocarlo. Desde allí sería capaz de ver Australia entera, pensó el caballo Will.
Se acercó al río y bebió un largo rato de él. Parecía agua sagrada del sabor tan puro que tenía; hasta se podía sentir como si los músculos se volvieran más fuertes. Al levantar su hocico del agua, se observó en el reflejo. Es curioso pero Will nunca se había fijado detenidamente en observar el aspecto de su cara. Contempló, tranquilo, esos ojos grandes y cristalinos, que casi permitían ver el interior de su alma, observó esa melena larga y lisa a uno de los lados de su cabeza y esas pequeñas orejas que se movían sin querer de un lado al otro, estando alerta por si oían algo. Relinchó con fuerza a la vez que se alzó señorial y esplendoroso sobre sus dos patas traseras, haciendo que muchos animales de su alrededor corrieran despavoridos hacia direcciones contrarias. Al caer, sus patas delanteras chocaron contra el agua con energía, haciéndole que perdiera su manso de paz. Fue entonces cuando olvidó su tristeza, recordando que era un caballo fuerte y lozano.
Volvió a mirar la cumbre de la montaña Río Grande, y reanudó sus andaduras hacia la ladera de Río Grande.
Escuchaba el aleteo de una bandada de aves que atravesaba el cielo en esos momentos y miró hacia arriba sin recordar que aún estaba en el interior del bosque y le era imposible ver el cielo debido a la gran altura y densidad de las copas de los árboles. Debían ser cigüeñas u otra especie de gran tamaño debido al fuerte sonido que producían sus alas. Su sorpresa fue al encontrar un pequeño koala, de color grisáceo, abrazado a la copa del árbol. Hacía tiempo que no veía alguno. Siempre le hizo gracia esa nariz tan grande y negra que tenían, en contraste con su pelaje más claro, e hizo un relincho de alegría asustándolo.
- Perdón, no quise asustarle, señor koala - comentó Will seguidamente - ¿Podría decirme usted, que ve el cielo más cerca que yo, qué pájaros son esos que nos sobrevuelan? - Preguntó intrigado por saber si eran las cigüeñas que también iban hacia la costa.
- ¿Cuál es tu nombre, caballo? - dijo el koala con un tono de voz serio y con cara de pocos amigos. - Will esperó por si decía algo más.
- Mi nombre es Will, señor koala - contestó decepcionado -. No pretendía asustarle, discúlpeme.
- Will... -dijo con la boca llena de hojas de eucalipto -. Sí, son cigüeñas - afirmó una vez que dirigió su mirada hacia arriba lentamente, como si el tiempo fuera más lento para él -
El koala continuó en su afán por comer hojas de eucalipto sin decir ni una palabra lo que provocó que Will se marchara con un mal sabor de boca. A pesar de su bravura y vigor, era un caballo amable y feliz, y no estaba acostumbrado a ser despreciado tan a menudo. Así que esa actitud del koala hizo que le afectara en su estado de ánimo volviéndolo triste y cabizbajo mientras retomaba su camino.
Will hacía uso de su buena memoria para llegar hasta la playa. Se fijaba en pequeños detalles que iba encontrando para luego poder guiarse con más facilidad a todos los sitios; podrían ser desde la posición en que estaban puestas ciertas rocas, marcas en los troncos de los árboles, las madrigueras de algunos animales terrestres... Si su memoria no le fallaba, estaba apunto de dar salida al pie de la montaña Río Grande.
Y así fue, atravesó esa capa de vida verde que separaba la montaña del interior del bosque y se encontró, tan bello como siempre, Río Grande. Se alzaba majestuosa al cielo, casi llegando a tocarlo. Desde allí sería capaz de ver Australia entera, pensó el caballo Will.
Se acercó al río y bebió un largo rato de él. Parecía agua sagrada del sabor tan puro que tenía; hasta se podía sentir como si los músculos se volvieran más fuertes. Al levantar su hocico del agua, se observó en el reflejo. Es curioso pero Will nunca se había fijado detenidamente en observar el aspecto de su cara. Contempló, tranquilo, esos ojos grandes y cristalinos, que casi permitían ver el interior de su alma, observó esa melena larga y lisa a uno de los lados de su cabeza y esas pequeñas orejas que se movían sin querer de un lado al otro, estando alerta por si oían algo. Relinchó con fuerza a la vez que se alzó señorial y esplendoroso sobre sus dos patas traseras, haciendo que muchos animales de su alrededor corrieran despavoridos hacia direcciones contrarias. Al caer, sus patas delanteras chocaron contra el agua con energía, haciéndole que perdiera su manso de paz. Fue entonces cuando olvidó su tristeza, recordando que era un caballo fuerte y lozano.
Volvió a mirar la cumbre de la montaña Río Grande, y reanudó sus andaduras hacia la ladera de Río Grande.

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