- Existe una tierra desconocida a los ojos de muchos caminantes de estas llanuras, - explicaba Sir Robinson a su preciosa hija White Scarlet mientras andaban con paso firme por el Sendero del Sol. - y a pesar de su grandiosidad y extensión muchos mueren sin saber si es cierta su existencia, y muchos otros mueren intentando llegar hasta ella.
- Padre, - interrumpió su hija con esa dulce y delicada voz que le caracterizaba - ¿estás hablando del mundo de Zârh?
- No, hablo de una tierra mucho más misteriosa que esa - contestó. - Observa - dijo señalando hacia un pequeño montículo de tierra y piedras. - Allí está la entrada a una cueva subterránea. Una cueva laberíntica donde uno de sus miles caminos termina en esa tierra tan misteriosa y desconocida de la que te hablo.
- ¿Tú crees en ella, padre? - Comentó mientras entrecerraba sus ojos para poder ver mejor aquel lugar que terminaba de señalar Sir Robinson. -
- Por supuesto que sí, hija mía. Hay tantas cosas extrañas en este mundo que cualquiera, por misteriosa, ilógica o difícil que parezca, podría ser cierta. Cuenta la leyenda - continuó relatando la historia mientras comenzaban de nuevo su camino - que debajo de este mismo suelo que pisas, a tantos metros bajo tus pies como puedas imaginar, hay una montaña subterránea de unos treinta mil pies de altura. La montaña llamada Phîerland y que en su cima yace su famoso Sauce.
- ¡Vaya! - se expresó impresionada - Si ese lugar es tan bello como su nombre, me gustaría verlo algún día, padre.
- Hija mía - contestó su padre mientras reía - no peques de ilusa. Ese laberinto está lleno de criaturas monstruosas y horribles, según se cuenta. Al parecer, se alimentan de las ratas y otros bichos que puedan encontrar por esos oscuros y fríos pasadizos. Beben el agua que gotea por sus paredes, y si cualquier humano procedente de aquí arriba osa bajar ahí, lo reciben como un manjar caído del cielo, nunca mejor dicho. Imaginate, hija mía, carne caliente y jugosa - rió mientras apretaba el brazo de su hija White Scarlet. -
- ¡Aaah! - gritó enfadada. -
- Si esto te duele, ¿cómo pretendes entrar ahí, hija? - preguntó sonriente, enseñando esa dentadura tan perfecta y cuidada.
- Podría entrenarme, padre. Al igual que enseñas a muchos de esos inexpertos campesinos que desean ser caballeros - decía en un tono tan serio que Sir Robinson comenzaba a creérselo incluso - y que al final consiguen blandir sus espadas con precisión ganando duras batallas. ¡Enseñame, padre! - gritó sonriente mientras lo miraba a sus ojos. -
- Eres demasiado hermosa, demasiado mujer. Has nacido para casarte con uno de esos caballeros, no para ocupar su puesto. - explicó su padre cuando terminó de reír.-
Continuaron caminando con dirección al inmenso hogar que Sir Robinson había heredado de su padre y que estaba a varios minutos desde donde se encontraban. Siguió explicando a su hija White Scarlet la historia del Sauce de Phîerland, el por qué de su magia y cómo llego hasta allí, aumentando mucho más sus ganas de poder ver ese lugar tan misterioso y oculto.
Continuará
No hay comentarios:
Publicar un comentario