jueves, 16 de febrero de 2012

El sueño terminó y con él, Diaphònicae Zârh.

Lea antes:
1. La entrada a Diaphònicae Zârh.
2. Los primeros pasos en el mundo de Diaphònicae Zârh.
3. Diaphònicae Zârh y sus cuatro días de placer.

Aproveché para tomar un baño en uno de los lagos de alrededor de palacio. Aún no había mandado a nadie para avisarme de que podía volver con Quien ya sabéis para disfrutar de mi último día en las tierras de Zârh. El agua tenía tal pureza que los poros de mi piel no sólo se cerraban sino que además quedaban cerrados para siempre. Acariciad la suavidad de mi mano. Es más, muchos no me creen de esto que voy a decir pero, varias heridas que tenía en mis piernas y espalda desaparecieron y la cicatriz de mi cara, ya podéis ver vosotros mismos cómo está de mejorada. Parece un simple arañazo.

Casi caigo dormido con la temperatura tan agradable que tenía el agua si no es por los cantos de las doncellas que trabajaban en palacio. Oírlas tranquilamente, unidas a esa belleza de todo lo que me rodeaba y pensar lo que había estado haciendo durante los cuatro días anteriores, sin apenas parar un instante, con el cuerpo más perfecto que cualquier ser del universo tenga jamás, hizo que mi libido subiera por las nubes. Imaginaos cómo se puso esto (a la vez señalé mi entrepierna). Entonces llegó una doncella para informarme que Quien ya sabéis estaba esperándome. Como estaba mojado, la doncella me esperaba fuera para ponerme el albornoz y llevarme a los aposentos de Quien ya sabéis. Imaginaos, no sólo mi cara sino, la cara de la doncella al verme salir de allí. No pasé vergüenza alguna estar desnudo los días de antes, sin embargo esa escena me ruborizó un poco. La doncella sonrió, con la cautela de no ser vista por nadie. No es del agrado de Quien ya sabéis que las doncellas flirteen con el hombre que se esté acostando con ella. Además, no sé si sabéis, que las doncellas están vírgenes hasta que cumplen los treinta años. Al cumplir esa edad son preñadas de la noche a la mañana, no se sabe cómo, y de las dos niñas que tienen, que rara vez sale una o tres y que nunca sale un niño, una se queda en palacio para crecer y servir allí hasta su madurez y la otra queda en manos de su madre ya fuera de Zârh y de sus tierras.

- Hiffberth, ¿viste alguna vez algún bebé por allí o algún niño pequeño correteando? - preguntó uno de mis alumnos sin esperarlo .-

Pues francamente no vi ninguno. Debían de estar retirados de la zona para no molestar a los invitados de Quien ya sabéis; las doncellas debían ser la mayoría mayor de quince años, más o menos.

Por fin llegué donde estaba ella. Era hermosa en cada gesto que hiciera con su manos. Su dulce voz pidiéndome que disfrutara con ella las últimas horas de mi visita hizo que me encendiera. Mi deseo sexual aún no había bajado ni un ápice desde que estaba abajo en el lago tomado un baño. Entonces me abalancé sobre ella, besándola con la mayor pasión que mi cuerpo podía ofrecer y con la perfecta experiencia que me había enseñado ella. Su piel tenía un sabor dulce a limón y a leche. La acaricié despacio, haciéndola esperar un poco para así aumentar su deseo un poco más. Eso le encantaba y lo detecté ya cuando habíamos hecho el amor unas cuantas de veces. Recuerdo que se dio la vuelta, poniéndose boca abajo, dejándome unas maravillosas curvas a la vista. No podría haber matemático en el mundo entero que pudiera encontrar unas ecuaciones que representaran esas curvas tan perfectas. Su cuerpo ganaba en perfección y belleza a las matemáticas, y eso sí que es casi imposible de creer. Tampoco consigo olvidar sus aullidos de placer, yo me atrevería a decir, falsos en parte. Ella sabía que cualquier hombre era capaz de caer en sus redes de una manera muy fácil y con sus falsos gemidos. Yo, sin embargo, me hacía de rogar. Quería que esperara y esperara lo suficiente para que así pudiera hacer el amor después con muchísimas más ganas. Y así lo hicimos, por última vez. Entonces esos gemidos sí que eran verdaderos y entonces sí que pude disfrutar esos momentos. Mira, si de sólo pensarlo cómo me pongo (volví a señalar mi entrepierna).

Horas más tarde bajamos al enorme salón de palacio. En él, una mesa central con tantas comida y bebida como cogía en aquella superficie. Yo diría que de extremo a extremo podría haber casi quince palmos. Manjares, sin lugar a dudas. Las frutas más afrodisíacas y gustosas que jamás un paladar pueda probar. Un vino exquisito o carne de venado de los bosques del Norte. No pararon de servir comida y bebida en todo el rato.

Al finalizar la comida salimos de palacio y montamos a lomos del Pegaso. Como regalo me obsequió con pequeño vuelo por sus tierras. Entonces así podía apreciarse, si cabía aún más, su belleza y su esplendor. Una vez bajó a tierra, caminó tranquilo mientras nosotros hablamos. Ella hablando nuestra lengua y yo El Suspiro de Ôres, el idioma de los dioses. Es increíble todas las frases y palabras que aprendió Quien ya sabéis en tan sólo cinco días. Tuvo que decirlo en su lengua porque no sabía el vocabulario para poder expresar lo que sentía, pero me dijo que había sido un hombre totalmente distinto a los hombres que habían estado con ella. Imaginaos mi estado de ánimo y mi felicidad cómo se encontraban. Quizás fuera algo que tuviera preparado y que le dijera a todos los hombres que se acuestan con ella, pero siendo sincero, creo que lo decía con total sinceridad. No sé, lo sentía así. Se atrevió a decir que ningún hombre antes le había enseñado su lengua o le había contado historias sobre fuera. Todos habían llegado allí para hacer sexo con ella el tiempo que fuera necesario y nada más. Realmente era eso lo que íbamos los hombres a hacer allí, pero yo fui diferente y eso le gustó. Me atrevería a decir que le encantó por como me miraba y me daba los últimos besos en el cuello y en los labios.

Yo de repente empecé a notar un poco de malestar general en el cuerpo. Un cosquilleo en la barriga. Mis ojos empezaron a cerrarse lentamente inundados por un sueño inesperado. Entonces Quien ya sabéis se despidió de mí y dormí profundamente. Pensé que moría, sí. Pero no era otra cosa que los somníferos que debieron poner en la bebida de la comida para así poder salir de allí.

Entonces desperté, al final del quinto día, y como si de un sueño se tratara abrí los ojos preocupado. Esperando que ella estuviera todavía allí. No pude despedirme de ella y me habría encantado hacerlo como es debido. Al ver a los dos Guardianes de Orym, en la misma postura que cuando me fui, custodiando ese portal tan misterioso comprendí que todo había terminado y que mis deseos se había hecho realidad. Sabía que era un hombre afortunado por lo que había podido vivir pero, quería más. Y ya lo estaba echando de menos. Y aún lo echo de menos después de tanto tiempo. Desde entonces, ninguna de las mujeres con las que he tenido relaciones ha sido igual y nunca olvido esa perfección, esa belleza, esa sensualidad. Sabéis, sé que es imposible volver a entrar, pero lo voy a intentar. Mañana os contaré cuál es el plan que he pensado durante todo este tiempo.

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