Mientras desayunaba, sentada en la mesa del balcón y con el sol asomando con timidez por el horizonte, pensaba que, en realidad, tenía todos los ingredientes y podría hacerlo. Tenía nata, levadura, huevos, harina... pero me faltaba lo fundamental, la manzana. Claro..., podría bajar y comprarlo en el supermercado, como cualquier persona inteligente. Yo, tan especial, me dio el segundo antojo del día, ir a recoger una manzana al bosque que había a unos kilómetros de la ciudad.
Abrochando los botones de la rebeca para no pasar frío, ya que no quería ponerme enferma ahora con el niño en camino, me dirigía al coche que tenía aparcado en mi plaza de garaje número 3. Levanté el mando del coche para abrirlo y el bip bip que se oyó, rompió el silencio que recorría despacio la primera planta del garaje. Me subí, abroché con tino para no apretar demasiado mi barriga y arranqué. Antes de salir, por supuesto, puse el disco nuevo de Amaral que me regalaron por mi cumpleaños hace unos meses.
Quedaban unos dos kilómetros para llegar. Mientras, silbaba una de las canciones a la vez que pensaba dónde dejar el coche cuando llegara. Desde allí, no tendría que andar mucho hasta la plantación de manzanas. Era una finca privada, en realidad, pero estaba abierta a todo el mundo. El ansia por llegar, coger la manzana, y volver a casa aumentaba con el paso del tiempo. Pero aún así era prudente por esa carretera que no frecuentaba demasiado.
Con cuidado al pisar el suelo ya que tenía gran cantidad de piedras un poco resbaladizas, ya veía al fondo los manzanos repletos de ese fruto verde tan perfecto, y tan exquisito, y más si está encima de una tarta. Reí sola al pensarlo y entonces parece ser que un hombre que había por allí cerca me escuchó. Era muy guapo, parecía tener alrededor de los treinta años, y se estaba acercando a mí. Como si no lo hubiera visto, seguí andando hacia el manzano, entonces me llamó. Me habló y no me lo esperaba. Al principio me asusté un poco, no sé, estaba sola y me preocupe más de lo que debería ya que lo único que quería ese hombre era charlar un poco.
Después de unos minutos, debíais haberme visto. Estaba charlando con un desconocido y con la manzana más perfecta que encontré, porque era la que quería, en mi mano. Le conté que estaba embaraza de cinco meses, pero soltera. Le expliqué que tuve un novio durante siete años y que decidimos formar una familia, de empezar una vida nueva. Ya dejamos de ser jóvenes, teníamos trabajo y era hora de poner alegría y cambio a la casa. Pero, por suerte, descubrí a tiempo que me engañaba. Me engañaba con otra mujer y lo venía haciendo durante muchos años. Le comenté que lo pasé tan mal que decidí abortar, no traer a este niño al mundo , dije mientras acariciaba la barriga, ya que no se merecía ese hombre tan cruel ni siquiera tener descendencia. Pero pensé en su momento que también tenía derecho el niño a nacer y yo a tenerlo, y así se lo conté, junto con muchísimas cosas más. Él me relató su vida y así pasamos unas horas bastantes agradables.
De vuelta a casa traía la radio apagada. Pensaba. Recordé qué había pasado el bosque. Hubo una atracción, una complicidad, estuve bien y hacía tiempo que no sentía algo así. Miré por el espejo retrovisor viendo que me seguía con su coche. Le invité a comer y a probar esa dichosa tarta que se me antojó esta mañana. Entonces comprendí que ese antojo de embarazo había hecho que lo conociera, que el destino me dio la posibilidad de cruzarme con él. Quizás fue mi pequeño que quería un padre que le educara y que me quisiera. Entonces algo me decía que no debía dejarlo escapar.
Y así fue, comimos juntos ese día, seguimos conociéndonos. Cada día que pasaba queríamos vernos más hasta el punto en que decidió venir a vivir conmigo. Tuve mi bebé y, como si del suyo se tratara, lo acogió y lo educó durante todos los años hasta el día de hoy.
Hoy es el tercer cumpleaños de Julio y para celebrarlo, un año más, una gran tarta de manzana.

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