martes, 4 de octubre de 2011

Intersecciones Involuntarias Improvisadas e Inexplicables. (3)

Escuchando su programa de radio favorito, David se dirigía en su Volkswagen rojo al trabajo. Puede sentirse afortunado de tener un puesto en uno de los diarios digitales más punteros del momento. Siempre va con prisas, aunque no solía preocuparle demasiado porque tiene un horario flexible y adaptable a sus necesidades propias. Eso quiere decir que si algún día se levantaba a las doce de la mañana porque la noche de antes había tomado alguna copa que otra, podría ir a trabajar más tarde, siempre que hiciera las horas que establecía su contrato. Seis horas, para ser exactos. Ese día tenía antojo de escuchar una canción de esas que le había dado por estar escuchando ahora en todo momento, pero había olvidado el disco en casa. Entonces estaba como loco cambiando de emisora en emisora intentando encontrar que alguna cadena la pusiera en ese mismo instante. Desesperado, siguió intentándolo una y otra vez hasta que en una de esas se distrajo más de la cuenta y chocó con un coche que esperaba que el semáforo cambiara a color verde. Tal fue el susto que hasta el corazón parecía que quería salirse de su pecho. Inmediatamente después se quitó el cinturón y bajó rápidamente del coche a ver si el siniestrado estaba bien y no había sufrido ningún accidente. El coche rompió uno de sus faros y la matrícula quedaba medio colgando, pero el otro conductor, un hombre de unos cincuenta y pocos, con cara de pocos amigos, y a pesar de no haber pasado nada a su coche, le contestó de malas maneras y empezó a insultarle y a gritar que iría a denunciarle. David, nervioso y con las manos que empezaban a sudarle, volvió para montarse y apartar el coche de la calle. Cuando consiguió dejar libre la carretera dejando el coche encima de la cera que había más adelante, buscó por su maletero un juego de herramientas para intentar colocar la matrícula y disponerse a llegar, de una vez, al trabajo. Luego más tarde arreglaría el faro. De todas formas, era de día, y no le haría falta encender las luces. Mientras buscaba una de las llaves del tamaño adecuado, una chica que pasaba por allí, se acercó a preguntar si todo estaba bien y éste le contestó sin apenas mirarla a la cara:
- Sí, muchas gracias señora.
- No, por favor. Eso de señora me hace bastante mayor para la edad que tengo. Llámame Julia. - contestó la chica a la vez que él alzaba la vista a esa preciosa cara.
- Perdóname Julia, no quería ser grosero. - Contestó justificando su respuesta. - Me he distraído con la radio y... Pero estoy bien, nada grave. Terminaré de apretar esto e iré directo a trabajar. Muchas gracias por las molestias.
- De nada... - Contestaba dejando entre ver que no sabía su nombre.
- David.
- De nada, David. Un placer. - Julia siguió su paseo descubriendo la ciudad.

Parecía que ya había apretado bien la matrícula del coche y que no caería. Montó de nuevo y arrancó. Fue cuando pasó al lado de Julia que tuvo la brillante idea de invitarla a cenar.
- Eh... ¡Julia! - Gritó mientras bajaba la ventanilla del copiloto y frenaba. - ¿Te apetece quedar para tomar algo esta tarde? Saldré de trabajar a las... - Miró el reloj y calculó en décimas de segundo su hora de salida. - siete y media aproximadamente.
- ¡Sí! ¿Por qué no? ¿Dónde quedamos? - Preguntó la chica con ahinco.
- Te parece quedar ahí mismo, ¿junto a la rotonda?
- Estupendo, allí estaré a las siete y media. - Dijo regalando una pequeña sonrisa a David.
- ¡Genial! Hasta luego guapa. - Despidió piropeándola.

Aún le quedaban quince minutos para llegar al trabajo. Su sorpresa fue cuando vio que llegaba a su oficina y que había tenido la sensación de que no habían pasado más de dos minutos. Entonces se dio cuenta de que, aparte de que no sabía cómo había llegado hasta allí, había tenido la cabeza en otro sitio. Más que en otro sitio en una mujer, en Julia. No paraba de pensar en Julia y ya esperaba con ansia la llegada de la tarde. Salió del coche, y con paso firme, con su maleta en la mano derecha, y mirando de reojo lo que había conseguido hacerle al  Volkswagen por una simple canción, se acercaba a la puerta de entrada. Mientras, él reflexionaba. Gracias a la distracción y al choque, he conocido a Julia. De no ser así, esta tarde habría acabado, como cualquier otra, haciendo pesas en su gimnasio habitual.

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