viernes, 21 de octubre de 2011

La Tortuga Sonriente

Beatriz, sinónimo de felicidad.

Una madre, con tanta alegría por traer al mundo otro hijo más, llegaba al hospital acompañaba por su marido que tuvo que dejar a medias una lección sobre matrices en un instituto de secundaria de Sevilla. Ya tenía experiencia con el parto y no estaba preocupada. Llegó con dolorosas contracciones y ya había preparado un quirófano para ese nacimiento tan esperado.

Unas horas mas tarde,  un pequeño grito silencioso junto con un último empujón, dio lugar a la salida de forma satisfactoria a una pequeña bebé, hermosa. Tenía tantas ganas de cogerla, palparla, sentir esa conexión que sólo una madre puede experimentar, que tuvo que pedir al médico que se la diera de inmediato. Había recuperado fuerzas tan rápido que parecía no haber estado de parto. La pequeña, acostumbrada a vivir con oscuridad durante casi nueve meses, le extraña ver tanta claridad ese día. Es más, al alzar la vista para ver quién la cogía con tanto amor, fue cuando supo que ella era su mamá, la que la había alimentando y cuidado durante todo este tiempo. Su madre no podía borrar la sonrisa producida por la felicidad tan plena que sentía en esos momentos, que la pequeña copió eso desde entonces. Unos segundos después escuchó una voz que recordaba de haber oído durante mucho tiempo. Era un hombre que le regaló un beso nada más verla, a ella y a su mamá. Entonces comprendió que ese hombre debía ser su papá.

La llamaron Beatriz, sinónimo de alegría.

Creció con sus hermanos, con su familia, con sus amigos. Fue feliz, aprendió los valores fundamentales de la vida, el valor, el respeto... Aprendió sobre una familia fuerte y unida, sobre un padre ejemplar que le animó a amar las matemáticas. Tuvo momentos buenos, momentos malos, pero nunca olvidó esa sonrisa que le regaló su madre el día que nació. Hasta el día de hoy la ha regalado a todos y cada una de las personas que ha conocido, y yo, gracias a Dios o al destino, me la crucé por casualidad. Ahora tiene 24 años y tengo la fortuna de compartir con ella bastantes horas de clase y estudio en la facultad. Y es ahora por lo que veo la vida con otros ojos, con más felicidad. No sé, es como si me hubiera transmitido esa sonrisa, esa manera tan increíble de ser. Y ahora voy regalando la mía a todos los que yo me voy cruzando, no tan bien como ella, pero con empeño por hacerlo lo mejor posible.

Por eso, estas palabras van para ella, para Beatriz. Es como un llamamiento a que nunca lo deje, a que no permita que nada le borre la sonrisa, a que nada termine con esa maravillosa virtud que le enseñó su madre. No es nada fácil encontrar gente así, lo sé y es más, me siento afortunado, pero por eso también hago otro llamamiento a todos los demás, para que pongan de su parte para transmitir su felicidad y ese buen rollo que tenemos cada uno, para que sea mucho más fácil encontrar gente como ella.

Para tí Beatriz, sinónimo de bienestar.
Gracias.

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