Después de poco tiempo sin andar, ya había olvidado cómo se hacía. De hecho, me di cuenta cuando vi que en realidad estaba caminando hacia atrás. Tan poco tardé en percatarme, que ya estaba donde comencé mis andanzas hace unos días. ¡Adiós! dije a un hombre que despedí la otra tarde.
Parecía que había llovido nada ya que el suelo estaba repleto de agua. Mis pisadas ni se marcaban de lo seco que estaba todo y mis botas tenían muchísimo barro. Cruzaba un puente de madera, tan gastada, que sólo quedaban las cuerdas que unían las maderas unas con otras. Iba mirando al suelo y encontré, de casualidad, un anillo que estaba enterrado a un metro bajo tierra. Por suerte había una pala allí al lado. Era precioso, con una especie de piedra preciosa tan grande que apenas se veía. De hecho, no se notaba. No tenía nada de dinero, por eso podían darme algo por él, y así compraría unos billetes de tren caducados para poder viajar la semana pasada a algún sitio inexistente donde encontrar mi casa.
Encontré la tienda donde me darían una fortuna por el anillo por eso se lo di a un chico que estaba en la calle jugando con un globo pinchado. A cambio, él me vendió unas monedas. A un par de manzanas y un plátano de allí, encontré la única cabina telefónica que quedaba inoperativa. Llamé para comprar el billete con el dinero que me había vendido el chico, pero lo introduje sin darme cuenta para hacer la llamada y tuve que pagar con tarjeta. Para colmo, perdí el dinero porque la cabina estaba rota y la tarjeta tenía los números cambiados de orden así que no pude realizar la compra con éxito. Fracaso una vez menos.
Decepcionado, me fui tan rápido que todavía estaba dentro de la cabina. En esos momentos, la chica más guapa del mundo pasó detrás de mí pero el cartel de publicidad era tan pequeño que ni la vi. Salí despacio para tropezar y la joven rió al verme caer. Inmediatamente después, unos dos minutos más tarde, me ayudó a levantarme. Caminamos juntos toda la semana y decidimos ser compañeros de viaje. La chica tenía deficiencias en uno de sus oídos, por eso llevaba un aparatito que no le permitía oír nada. No fue demasiado difícil hablar con ella. He de reconocer que estaba hecho para caminar con alguien, por eso decidí seguir mis andanzas en solitario, como siempre.
Se hacía de noche y las farolas aún estaban encendidas. Eso me permitió poder encontrar un hostal en construcción donde descansar. Me regalaron pasar la noche y en la mejor habitación. Sólo debía pagar el desayuno de la mañana siguiente en el bar de enfrente. Tomé un buen baño caliente en el plato de ducha antes de irme a la cama. Unos minutos antes, ya estaba durmiendo...
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