domingo, 30 de octubre de 2011

El encuentro

Coloreé el sol de un amarillo intenso para que brillara esa tarde que llegaba. Observé unas nubes a lo lejos y las borré con tanta fuerza que tuve que volver a pintar el cielo de azul un poco. Quería que esa tarde fuera perfecta. Ella se merecía lo mejor.
Ahora tenía que decidir con qué perfume alimentar mi cuello. Quizás quiera dormir sobre mi pecho en algún momento. Me gustaría que recordara mi olor y mi ritmo cardíaco. Aunque creo que se moverá con un ritmo bastante acelerado a lo que está acostumbrado. Aún así disfrutará como una bebé intenta conciliar el sueño a los brazos de su padre.
Elegí mi mejor camiseta, la que más favorecía mi cara. Es más, ya me dijo ella en varias ocasiones que me quedaba genial y que le encantaba. Entonces siempre me sacaba una sonrisa, hasta me ruboricé en alguna ocasión.
Con ganas me dispuse a marcharme a donde habíamos quedado. Llevaba un paso tan alegre que parecía que bailaba. Y allí estaba, esperándome sentada en el banco del parque. Con sus bellos ojos perdidos en el firmamento pensando, quizás, en algo interesante. Queríamos pasear juntos esa tarde y compartir un momento más. Y así lo hicimos.
Como si me hubiera oído susurrarle en la distancia un te quiero, giró su cabeza dibujando una sonrisa que parecía camuflarse en la belleza del rosal que había junto a ella. Entonces se levantó y, como siempre, me abrazó. Y una vez más volvía a sentir algo que me fluía desde el pecho hasta mi cara haciendo que esta ruborizara un poco.
Juntos paseamos, compartiendo una historia más,  haciendo que las horas fueran minutos que pasaban tan rápido que no teníamos constancia de su velocidad. Yo, con mi ingenio, puse la letra y ella, con su felicidad, puso la melodía y creamos, sin quererlo, la mejor canción de los últimos años.
Culminamos la tarde con eso que aún no había llegado. Eso que llaman, el beso. Pero no fue un beso cualquiera, fue el beso. Único. Como si del último se tratara compartimos a través del beso ese sentimiento mutuo que guardábamos en secreto. Yo se lo mostré con caricias haciendo ver lo que había escondido, lo que guardaba ahí tan adentro que le costaba salir, que parecía estar tímido.
Y como si unas cadenas nos ataran mutuamente, no pudimos separarnos. Nuestras almas querían compartir un ratito más, pero debíamos marchar. Y tuvimos que conformarnos con un último beso y un te quiero mucho cantado con amor.

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